Ciro Alfonso de Jesús Isidoro Camargo Sosa

CRÓNICA BIOGRÁFICA DE CIRO ALFONSO DE JESÚS ISIDORO CAMARGO SOSA

Redactado por: Ciro Antonio Camargo Rojas

Nuestro padre Ciro Alfonso de Jesús Isidoro Camargo Sosa, nació en Chinácota el 4 de abril de 1909. Sus padres fueron Juan Camargo Canal y Filomena Sosa Camargo. Estudió Primaria en la Escuela Urbana de Varones de Chinácota y cuando contaba con 17 años de edad, conoció a Lucila Rojas Bernal de 16 años. Fue un amor a primera vista y como detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, su alianza matrimonial “Hasta que la muerte los separe”, fue un compromiso de fidelidad y fuente de vida de sus hijos: Juan José, Jorge, Rosalba, Susana, Leonor, Lucila, Ciro Antonio, César Augusto, Beatriz, Filomena, María Cristina, Fernando y Martha Elena.

Con el correr de los años nuestro papá se convirtió en un maestro de la mecánica que no solo desvaraba carros, sino también era un constructor de aparatos. Manuel Waldo Carrero Vivas fundador y propietario de La Cosmopolita y otros hacendados lo contrataban para la reparación de motores de combustión y los trapiches y despulpadoras y de sus finca productoras de café y panela y de los aparatos y vehículos y le suministraba la Revista de Mecánica Popular editada en español pionera de la divulgación técnica y que inspiró a generaciones de aficionados a la mecánica.

Ciro Alfonso de Jesús Isidoro Camargo Sosa

En ese almacén de la Cosmopolita compró un hermoso radio Philips fabricado en los años 50 en los Estados Unidos, que tenía la forma de una torre de unos 40 cm de altura y unos 30 en su cuadratura, diseñado con gabinete en baquelita y rejilla frontal. Mi papá lo instaló en un hueco que mandó hacer en la pared frente al patio interno. En ese radio sintonizamos emisoras de Colombia y otros países de América y de Europa para vivir enterados y divertidos escuchando noticias, novelas, partidos de fútbol y cuanto espectáculo se transmitía.

La diversión más divertida que teníamos con ese radio, era cuando iban los indnios tunebos a la casa. Como eran analfabetos y muy ingenuos, desde que llegaban hasta que se iban de la casa, se lo pasaban embobados escuchando el radio y tratando de ver las locutores y cantantes y demás personas que realizaban cualquier actuación. Como no veían a nadie, se iban para la parte de atrás del aparato y cuando solo encontraban la pared de la sala, volvían a indagar a las personas metidas en el aparato.

Alberto Rodriguez Camargo y Ciro Alfonso de Jesús Isidoro Camargo Sosa

Los indios tunebos actuaban un pavo real que tenía en su casa mi abuela Filomena. Cuando iba a levarle a mi abuela una cántara con leche que mi mamá le enviaba, Isidoro como distracción le ponía un espejo a un pavo real prisionero de su hermosura que, al contemplarse con sus alas extendidas como dos abanicos multicolores, se acercaba y picoteaba el espejo y luego se iba para la parte de atrás, pero al no verse de nuevo reflejado, volvía a la parte delantera del espejo para volverse a contemplar.

Mi papá se lo pasaba arreglando motores no solo de carros, sino también cuanto aparato llevaba a sus manos. A Carlos Camargo Daza le arregló el motor de combustión de la despulpadora de café de la Hacienda Gratamira. Al darse cuenta en la molienda de café, que muchos granos salían   mordidos y se gastaba más tiempo y más agua, se propuso construir, una despulpadora más grande y eficiente.

En un taller de mecánica de Cúcuta construyó la tolva alimentadora y un cilindro en acero inoxidable de casi metros de diámetro, con rodillos giratorios internos que al prensar y girar desprendían la pulpa sin dañar los granos de café, que salían limpios para ser asoleados y tostados y además la despulpadora gastaba menos tiempo y menos agua y el café era un pergamino de alta calidad exportable.  Para hacer girar el cilindro le adoptó una transmisión de carro a un motor de combustión. De esta forma don Ciro como lo llamaban, convirtió el trapiche tradicional y rudimentario en uno más grande y moderno.

En Providencia, la otra finca de Carlos Camargo Daza, Don Ciro como lo llamaban los obreros paneleros, con la experiencia de la máquina despulpadora de Gratamira, se propuso construir un trapiche más grande y funcional y remplazar el que había era peligrosos porque después de moler la caña de azúcar, el jugo hirviendo convertido en miel espesa, era trasladado con cucharas metálicas grandes y lo vertían en los moldes rectangulares o cuadrados para hacer las panelas. Con este proceso artesanal varios obreros se quemaron porque se emborracharon con el guarapo fermentado. Además, este proceso requería precisión, ya que, si la miel no tenía el punto exacto de cocción, las panelas quedaban blandas y se desmoronaban. Los maestros paneleros reconocidos en “coger el punto” de la miel, eran muy escasos y los pocos que se conseguían cobraban muy caro.

Para modernizar el trapiche Don Ciro construyó una tolva alimentadora en acero inoxidable, con sus rodillos internos prensadores y moledores de la caña de azúcar, que funcionaba con un motor de combustión adaptado a la trasmisión de un camión. El zumo de la caña de azúcar salía limpio por un conducto hacia las pailas donde se cocinaba y la miel hirviendo se vertía en formaletas de madera para el moldeo de las panelas. Así se acabaron las quemaduras de los trabajadores y el proceso se convirtió en más rápido. Y el bagazo al salir libre de impurezas ya no se echaba en la basura, sino que se vendía a las fábricas de papel.

Evocando la magia y la alegría de la infancia, mi papá también construyó Ruedas de Chicago, Plataformas Giratorias de Caballitos que subían y bajaban y Carros Chocones, que ponía a funcionar en Chinácota, Herrán, Durania, Pamplonita, Ragonvalia, Mutiscua, Bochalema y otros municipios del Departamento y que vendió   al mejor postor.

Una tarde nuestro papá me llevó acompañado de César Augusto a un potrero de la Aurora para enseñarnos un helicóptero que había construido a escondidas de nuestra mamá. Cuando estuvimos frente ese aparato   nos lo describió:

Fotografía Original de la época

Imagen mejorada con Inteligencia Artificial

– Hijos un helicóptero debe tener un fuselaje de peso ligero, conformado por un rotor giratorio, ese que ven en la parte de arriba con una hélice grande para que el aparato vuele y se sostenga en el aire. Y un rotor pequeño, el que ven en la cola con una hélice pequeña, que no deja que el aparato   dé vueltas en la misma dirección de la hélice grande.

– Igualmente debe tener un tren de aterrizaje y una cabina con mandos de control que fabriqué con madera de roble delgada y reforzada con láminas de aluminio, que es un metal muy liviano. Por ahora la cabina no está cubierta hasta que no esté seguro que mi helicóptero puede volar con seguridad.

– Papá, ¿Cómo carajo piensas volar ese aparato si lo tiene amarrado con un cable grueso a ese árbol grandote? -Le dijo César Augusto.

– Cesítar lo hice por precaución. Hoy solo voy hacer una prueba y hasta que no lo perfeccione no pienso montarme para hacerlo volar.

Pero luego fue a la casa cercana y regresó con José Angarita Castro, el señor   que le había ayudado a bajar el helicóptero desarmado de la camioneta y le dijo que nos mantuviera alejados.

Con gran expectativa y muy asustados, vimos que nuestro papá se subió al helicóptero, tiró una cadena enganchada al arranque del motor y lo prendió. La hélice grande comenzó a girar en forma rápida y el aparato a dar vueltas en el mismo sentido. Asustado con una varilla como pudo apagó el motor y el aparato se desplomó en tierra. Nuestro papá   duró un tiempo para bajarse aterrorizado y con dolor en casi todo el cuerpo por el golpe que se había dado.

Mamá había llegado en ese preciso instante y   gritó: – ¡Dios mío por poco te matas Ciro Alfonso! Cómo se te ocurre montarse en ese armatroste. Para evitar que haga lo mismo con nuestros hijos, me los llevaré para la casa. Y nos obligó a irnos con ella

La construcción del helicóptero se convirtió en el mejor invento y trascendió la frontera de Chinácota y llegó al conocimiento de   Gonzalo Rivera Laguado, Gobernador del Norte de Santander, designado por dictador Gustavo Rojas Pinilla. Y un domingo como estrategia política, el Gobernador fue una tarde a Chinácota y en una gran manifestación política en el parque principal, alabó a don Ciro Alfonso Camargo Daza, como un extraordinario mecánico y le donó un motor de una avioneta que se había estrellado en el Páramo del Cocuy en Boyacá. Además de entregarle las coordenadas del lugar donde se había estrellado la avioneta le entregó un permiso del general Alberto Pauses Rodríguez, comandante de la Fuerza Aérea de Colombia y director de la Aerocivil de Colombia.

Yo estudiaba Bachillerato en el Colegio San Luis Gonzaga y cuando llegaron las vacaciones, mi papá me invitó a que lo acompañara a recuperar el motor que le habían regalado.

El páramo del Cocuy en Boyacá, hacía parte de uno de los ecosistemas más extensos de Colombia y    más peligrosos por su nieve perpetua. Como el motor era grande y pesado para poderlo sacar de una ladera de ese páramo   y transportarlo al pueblo más cercano, mi papá le pagó a un campesino que sabía dónde había caído la avioneta y que, además, le alquiló un caballo al cual le adaptó una carreta de dos llantas para poder trasladar el motor.

De vuelta a Chinácota con el motor, durante varias semanas, mi papá me puso a que leer   en voz alta, una revista de Mecánica Popular, donde se describía un motor de avioneta. Mientras yo le leía, él constataba la información suministrada directamente en el motor de la avioneta rescatado.

El día que prendió el motor como no le había puesto el tubo silenciador y estábamos muy cerca de una jaula llena de pájaros de mi mamá, al prender el motor el estruendo mató a varios canarios. Y vino de nuevo la reprimenda de mi mamita.

Esa tarde mi papá me dijo: -Como este motor es muy grande, pesado no sirve para hacer un helicóptero. Le voy a disminuir las revoluciones y voy a un carro de tres llantas, que es más llamativo que el de cuatro llantas.  Y así lo hizo durante varios meses y en el cual anduvimos por Chinácota, el Diamante, Pamplonita, la Don Juana y Bochalema.

Un domingo en el sermón de la misa mayor, mi mamá escuchó al cura Cote hablar de la visita que iba a realizar a Pamplona Gustavo Rojas Pinilla. El dictador tenía buena acogida del pueblo porque durante sus años de mandato había impulsado la modernización del país, como la construcción del Aeropuerto Internacional del Dorado de Bogotá, y muchas carreteras, hospitales y colegios, que inauguraba en sus   visitas a los pueblos y ciudades del país.

Pamplona era una ciudad reconocida por su tradición educativa y cultura y por orden del dictador se había ampliado la carretera que conectaba a Bucaramanga con Pamplona y Cúcuta, que era vital para el comercio y seguridad de la frontera con Venezuela.

El domingo que Rojas Pinilla fue a Pamplona   con mi papá nos fuimos en el carro de tres llantas.  Esa tarde pudimos entrar a la plaza pública donde Rojas Pinilla arengaba a la multitud, porque contamos con la ayuda de un policía vigilante que conocía a mi papá y que nos dejó pasar con el carro.  Gustavo Rojas Pinilla apreciando el ingenio de don Ciro le hizo una promesa: que le iba a regalar un automóvil de los que estaban por llegar importados al país.

A los pocos meses le entregaron a don Ciro en Chinácota un Volkswagen Escarabajo de color verde, que nuestro viejo manejó varios años. Cuando con César Augusto nos vinimos para Bogotá a estudiar ese vehículo se lo llevó nuestro hermano Jorge para su casa.

Cuando con César Augusto ya no habíamos hecho camino al andar, estudiando en la universidad   y trabajando a nuestra familia Camargo Rojas le llegó la desgracia:  nuestra mamá se enfermó de una apendicitis y César Augusto que ya era abogado y trabajaba como subdirector de la Aduana Interna de Cali, fue hasta de Chinácota y se la llevó a nuestra madre a Bogotá para que le realizaran la intervención quirúrgica en una afamada clínica. Los médicos que realizaron la cirugía la descuidaron y   nuestra mamita murió.

En ese entonces yo estaba ya en España con   Leonor y Filomena, cuando nos llegó la noticia de la muerte de nuestra mamita que nos causó un tremendo dolor moral. Como ya había terminado los estudios del doctorado en Lingüística y Literatura, mi director de tesis me adelantó la lectura de la tesis en el Paraninfo de la Universidad de Granada, sobre   La Dictadura Hispanoamericana en el Otoño del Patriarca de Gabriel García Márquez, Premio Nóbel Literatura.

Regresé a Bogotá y durante varios años ahogué mi dolor moral trabajando como profesor y estudiando Derecho en la Universidad Católica de Colombia. Y conocí a Constanza Camacho Becerra, mi esposa y me consuelo.

Pero la tragedia que antes se nos había presentado con la muerte absurda de nuestra mamita , se acrecentó con la tragedia espeluznante  acontecida a mi mano derecha: mi hermano César Augusto,  quien  como Subdirector de la Aduana Interna de Cali, el  lunes   27 de noviembre de 1989   abordó el avión Boeing 727 de Avianca que despegó en el Aeropuerto Internacional El Dorado,  a las 7:05 a.m. y a los  17 minutos del despegue , el avión   fue  desintegrado por una bomba, cayendo en pedazos cerca de Soacha. Hubo 110 víctimas (101 pasajeros, 6 tripulantes y 3 en tierra). Dicho atentado había sido ordenado por Pablo Escobar y el Cartel de Medellín, para asesinar al candidato presidencial César Gaviria Trujillo, quien debía viajar en ese vuelo, pero cambió de itinerario a última hora por razones de seguridad.

El día del atentado en compañía de Celia la hermana de Trina, la esposa César Augusto, fuimos al Instituto de Medina Legal y Ciencias Forenses a identificar los cadáveres del siniestro. Optamos por hacer lo que nos dijeron los médicos forenses: “Escojan de los diferentes cadáveres, el trozo más   más parecido, para que puedan realizar sus exequias”.

Mi papá que estaba en Chinácota con Rosalba y Susana, no se enteró de semejante tragedia, porque llamamos por teléfono a Rosalba y le dijimos que le escondiera el radio y no lo dejara salir a la calle.

Pero a los pocos días cuando nuestro papá iba montado en una bicicleta por las calles de Chinácota, un señor acompañado de su esposa, lo detuvieron   y después de darle el pésame, lo enteraron de todo lo ocurrido con el atentado del Avión de Avianca.

Nuestro papá consternado regresó a casa y se   encerró en su alcoba y a los pocos días le dio un accidente cerebro vascular isquémico y quedó postrado varios años en una silla de ruedas y luego en una cama, bajo los cuidados intensivos de Rosalba y Susana, hasta que falleció el 15 de agosto de 1992.

En su entierro entre lágrimas y recuerdos me dio por relatar a los presentes una anécdota:

– Con César Augusto, cuando éramos dos adolescentes, a escondidas sacábamos del garaje de nuestra casa la camioneta Ford T, modelo 1938 de propiedad de don Ciro Alfonso, como llamaban los habitantes de Chinácota. Un día mi hermano de ida la manejó muy bien y yo de retorno a la casa al dar una curva le averié una farola.

Al otro día nuestro papá para ir a desvarar un carro, sacó la camioneta y se dio cuenta de la rotura visible de la farola. Y nos anunció que cuando regresara del arreglo de un carro, nos iba dar una pela.  Y como siempre cumplía sus promesas, nuestro papá de vuelta a nuestra nos dio la muenda anunciada. Pero nuestra mamita nos había puesto una pantaloneta debajo de los pantalones y solo hicimos el teatro que nos dolía los fuetazos de nuestro papá, que nos daba pasito a manera de ejemplo.  Hoy en el Cielo, nuestros padres estarán riéndose a carcajadas, que resuenan como un murmullo lejano, en todo Chinácota.

Ciro Antonio Camargo Rojas, Ciro Camargo Rojas y Alberto Rodríguez Camargo

Cumpleaños Familiar, en la foto: Ciro Alfonso Camargo Sosa, Lucila Rojas Bernal, Nolberto Guerrero, Maria Guerrero