INTRODUCCIÓN Una tarde de Octubre de 1987, hace 19 años, recibí una llamada telefónica
de mi amigo, muy apreciado, el Doctor José Luis Villamizar Melo (Abogado
de distinguido crédito profesional, hombre de letras, historiador y Miembro
de la Academia de Historia de N. de S. de la cual ha sido Presidente varias veces:
Entre los valores intelectuales del Departamento, él es uno de los notables).
En dicha llamada me comunicó la ocurrencia de editar y publicar una colección
de libros para satisfacer sus trajines literarios e históricos y para hacer
recuerdo y reconocimiento de varios destacados intelectuales, unos perdidos en
sus trabajos, otros marginados inexplicablemente, y muchos más olvidados
en los planos culturales. Cada uno de estos volúmenes haría referencia
a los personajes a los cuales aludimos. Al escoger para su contenido y redacción
a algunos escritores, que a juicio del Doctor Villamizar Melo pudieran hacerlo,
me favoreció su generosa amistad, que me permitió, con la debida
tolerancia, figurar en la lista. Me sugirió escribir: “TEMAS SOBRE
CHINÁCOTA” o “PERSONAJES DE CHINÁCOTA”. Para mí,
uno u otro, cualquiera de ellos, me pareció fácil y difícil.
Difícil, porque datos monográficos sobre nuestra tierra han tenido,
desde la aparición de ella como asentamiento o poblado hasta su oficialización
como ciudad, una lista de equivocaciones en fechas y en clasificación o
categoría geopolítica que aún en estos tiempos no permite
fecha oficial para celebrar centenarios u otros cumpleaños. Y además,
porque escoger desprevenidamente entre tantos personajes: patriarcas, letrados,
poetas, artistas, militares, benefactores, profesionales, religiosos u otros más,
la tarea es bien difícil. En el sólo campo de las letras y la literatura,
además de Honorio Mora Sánchez, los nombres de: Antonio M. Bautista,
Cesar Darío Gómez, José Antonio Pinillos Corredor, Manuel
Briceño Jáuregui, Juan José Briceño Jáuregui,
Eusebio Salcedo, Nicodemus Rangel, Alberto Rodríguez, Leandro Cuberos Niño,
Andrés Alvarez Berbesí, Miguel Husman Jalel, Manuel Waldo Carrero
Becerra, los hermanos Rondón Espinosa, Rafael Galvis Manosalva, Pedro Eduardo
Díaz (primera Monografía de Chinácota), Fernando Velandia,
Fernando Rodríguez, Demetrio Oliveros (posiblemente, en nuestro medio,
la persona más documentada sobre la vida de Miguel de Cervantes Saavedra),
Rafael Espinosa, Cesar Carreño, Ramón González Valencia,
su hermano Dr. González Valencia, Juan Mendoza Vega, Ernesto Villamizar
Daza, Antonio Villamizar Daza, Gustavo Colmenares Espinosa, Mario Vásquez
Rodríguez y otros más que en el momento la memoria no me ayuda a
recordar, no han aparecido en el sitio que merecen. Últimamente he tenido la oportunidad de leer dos escritos, que en verdad me han sorprendido
gratamente, porque han sido, para mí, notables piezas en el espíritu
de lo bello y lo elegante. Son ellos: la crónica de Don Jorge Muñoz
Jaimes, “CHINÁCOTA 450 AÑOS AYER, HOY Y MAÑANA”,
publicada en la SEPARATA de LA OPINIÓN (septiembre 20 – 1986), y la excelente
prosa – poética de Don Manuel Antonio González Camargo en su Discurso
para la Coronación de la Reina de Belleza Ligia Torres Muñoz, en
1973. Como un reconocimiento a tales escritos, los incluiré como epílogo
de estas cuartillas. Por las dificultades expresadas, acudí solamente a los dos personajes que ocupan
mi escrito, porque ellos, solos, escarbaron en la arena y sin ayuda ajena encontraron
el cenit. Cabe agregar que al horizonte literario de Chinácota le han llegado otras figuras,
que sin ser nativas, se han vinculado afectivamente a esta ciudad. Es una de ellas
el Abogado Guido Pérez Arévalo, cuyos escritos pueden leer mis paisanos
con verdadera complacencia de instrucción. La mejor Monografía hasta
ahora escrita sobre nuestra tierra, creo yo, es de su autoría. Sé
que también el distinguido Abogado Carlos Sosa Camargo tiene bastante adelantada
una extensa Monografía de Chinácota. De igual manera, Don Jorge
Muñoz Jaimes escribe otro estudio al respecto. La empresa iniciada por el Doctor Villamizar Melo fracasó porque económicamente
tenía gastos muy elevados. Sólo salieron dos libros: uno del Doctor
José Luis y otro del chinacotero Jesuíta Manuel Briceño Jáuregui,
Miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, de la Real Academia Española,
de la Academia Colombiana de Historia, Rector de la Facultad de Filosofía
y Letras de la Universidad Javeriana y muchos otros cargos más, como que
su crédito intelectual salió de los linderos patrios. El Doctor Villamizar Melo tiene los originales de varios de los volúmenes
que no fueron publicados; y en estos días he encontrado el duplicado que
escribí para el que me había asignado y que de inmediato transcribo. Octubre
2005 PRIMERA
PARTE Chinácota
El Valle de los Chitareros El último día de la creación, cuando el Divino Arquitecto terminaba
su obra, le ordenó a la gran Cordillera Oriental de los Andes que abriera
sus brazos para depositar entre ellos un pedazo del paraíso terrenal; y
fue entonces cuando el cielo apareció entre las dos serranías y
bajo ese tinte azul-ceniza surgió el bellísimo Valle de los Chitareros,
para que en él, como la mejor rosa de un jardín, naciera Chinácota.
Ese día, con los tintes del ocaso, el arco iris que se tendía como
un puente de amor y de paz entre lo infinito y lo eterno, saltó en añicos
y con sus colores floreció el huerto, en naranjas, limones y morales, papayas,
begonias y rosales. Fue, dicen los chinacoteros, “el octavo día de
la Creación”. Esta leyenda, engendrada en el cariño y admiración,
se relata para explicar cómo apareció, sin ruegos ni recatos, el
pedazo de tierra que siempre y tanto han admirado. *** Chinácota ha sido cuna de pastores y guerreros; de hombres de Estado, de científicos,
poetas y letrados; de conductores espirituales y distinguidos políticos;
de artesanos y profesionales muy brillantes, pero especialmente de hombres de
bien, de patriarcas y de buenos ciudadanos. Es una de las tres poblaciones más
antiguas de este pedazo de América, y con sus 1.253 metros sobre el nivel
del mar dispone de un magnífico clima, que parece tener instalaciones eternas
de aire acondicionado. Quince mil pobladores de sus áreas urbana y suburbana
son labriegos, comerciantes y profesionales que siempre tienden su mano amiga
y sincera a cuantos visitantes -que son muchos- llegan a sus casas y a sus calles. Está a sólo cuarenta minutos de la capital del Departamento, Cúcuta,
cuyos habitantes convierten en paseo, por magnífica carretera, el tránsito
de su ardiente clima de 30 y 33 grados a la apacible frescura de aquestos valles. En esta tierra, los celosos y fuertes chitareros acabaron con la vida del invasor
tudesco Ambrosio Alfinger. Aquí sentó su cuartel, transitoriamente
en 1826, el hombre que iluminó e inspiró el destino de cinco Repúblicas,
el ciudadano General Bolívar. Aquí se firmó uno de los tres
Tratados de Paz de la Guerra de los Mil Días sucedida desde noviembre 16
de 1899 hasta noviembre 21 de 1902. Tales Tratados fueron: 1. Octubre 24 de 1902. Hacienda Neerlandia (Departamento de Magdalena). General Urbano
Castellanos (Delegado por el General Florentino Manjarrés, Comandante General
y Jefe de Operaciones del Gobierno del Departamento de Magdalena). General Carlos
Adolfo Urueta (delegado por el General Uribe Uribe, Comandante General de las
Fuerzas Armadas Liberales en los Departamentos Magdalena y Bolívar).
2. Noviembre 21 de 1902 (Panamá, Barco de Guerra Wisconsin de la Armada
Norteamericana, verdadero escenario flotante). Generales del Ejército Oficial:
Víctor Manuel Salazar y Alfredo Vásquez Cobo. Generales Eusebio
Morales, Benjamín herrera y Lucas Caballero, del Ejército Revolucionario.
3. Noviembre 21 de 1902 (Departamento Santander). Generales: Ramón González
Valencia (Gobernador-Jefe Civil y Militar del Departamento y Comandante en jefe
de las fuerzas Armadas de Santander) y Ricardo Tirado Macías y Ricardo
Jaramillo (Representantes del Subdirector de la Guerra Doctor Foción Soto,
con autorización del General Gabriel Vargas Santos, Director General de
la Guerra y del Partido Liberal). Una casa muy central de esta población de Chinácota tiene una placa
que dice: “Chinácota, a los autores de la paz y la concordia, con
honor, hidalguía y valor firmada en esta casa por Ramón González
Valencia, Ricardo Tirado Macias y Ricardo Jaramillo. 1902 noviembre 21 – 1952”.
En noviembre de 2002, el Presidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez
vino a Chinácota para conmemorar el primer centenario de este Acuerdo de
Paz. Por primera vez un presidente visitaba esta tierra. Chinácota fue capital de la desaparecida cuarta Provincia del Norte de Santander (Provincia
de Ricaurte) y actualmente es la población de mayor turismo en el Departamento,
no obstante que evidentemente carece de suficientes y buenos servicios hoteleros,
por fortuna notablemente mejorados en la actualidad. Aquí se realiza hace
39 años el Reinado Departamental de la Belleza y para la época de
este festival -en el cual los desfiles de carrozas y bandas de música de
las diferentes poblaciones son de reconocida elegancia, distinción y colorido-
la concurrencia llega fácilmente a sobrepasar los diez mil visitantes y
los mil vehículos. Tuvo
el mejor Circo de Toros del Oriente Colombiano (hoy superado por la magnífica
Plaza Monumental de Toros de Bucaramanga-Girón, la más grande de
Colombia, recientemente inaugurada y con capacidad para 40.000 espectadores) y
sus Corridas tuvieron el mismo precio y cartel de las afamadas de Bogotá,
Medellín, Cartagena, Manizales, Cali y cualesquiera otras de primera categoría
en Colombia. Los servicios de correo, teléfono y telégrafo son buenos
y su Teatro, Cine Iscalá, es mejor que cualquiera de los de Cúcuta.
Su Hospital, aun cuando falto de dotación, es de moderna construcción
y estilo. Su Iglesia es de hermosa estructura y el Palacio Municipal tiene un
severo estilo colonial. Su plaza de mercado es grande, limpia y exuberante en
hortalizas, carnes y frutales. Tiene muy buen servicio de taxis y buses para Cúcuta
y poblaciones vecinas, y sus oficinas bancarias y agrarias son eficientes. Es
centro principal educativo de Bachillerato y Vocacional. Su Semana Santa, muy
concurrida, todavía se desarrolla sobre las antiguas liturgias. Numerosas
casas de campo (no menos de ochocientas), muy bellas todas, han hecho atractivas
y espectaculares sus zonas suburbanas. Desde el ex-Presidente Ramón González
Valencia, ex-Ministros de Estado, Gobernadores, diplomáticos, religiosos,
militares de alto grado, comerciantes poderosos y profesionales de todas las carreras,
hasta el personaje más controvertido y admirado por su singular actuación
y espectacularidad, Biófilo Panclasta -cuyo ensayo biográfico figura
al final de este texto-, unos muertos y otros vivos, han tenido aquí su
cuna. SEGUNDA
PARTE Honorio
Mora Sánchez CAPÍTULO
I Semblanza En
esta tierra nació Honorio Mora Sánchez, personaje digno de la mejor
escrita biografía que ojalá alguien intente, ya que las alusiones
de este ensayo son flacas en hermosura y estilo. Apareció a la vida por
allá en los apacibles tiempos del siglo pasado, nacido en un hogar modelo
de honradez y dignidad y en donde recibió de su padre, campesino de hacha
y mochila, y de su madre, sencilla y bondadosa, el mejor ejemplo. El Director
de este editorial me ha dispensado el honor de figurar como escritor de uno de
los volúmenes. En realidad mi trabajo se reduce a ser el presentador de
este personaje (Honorio), lo cual hago con los mayores agrado y orgullo, para
que las letras de Honorio sean más conocidas y así reconocidas en
su sorprendente estilo y fluidez literarias. Es casi increíble que un individuo
que escasamente hizo tres años de escuela, haya logrado lo que fue y dejó
en el campo intelectual con la sola decisión y el empuje de su titánica
labor de autodidacto. Para
presentar en un Concurso Literario su poema “Cultivemos la tierra”,
su timidez fue vencida por el entusiasmo y admiración de quienes empezaban
a conocerlo; ellos lograron decidirlo, y si yo hubiera estado entre tales, le
habría comentado: Ánimo, Honorio; no olvide que para lograr el fruto
es necesario trepar al árbol aun cuando se lleve el riesgo de caer. Y sucedió
lo inesperado para él: fue Laureado en los Juegos Florales de Cúcuta
en 1936 con Jazmín de Oro y Diploma de Honor. Y en 1944 con la Flor Natural
y Diploma de Honor. Es que hay momentos del crepúsculo en los cuales las
cosas sin brillo manifiesto, o cubiertas siempre por la sombra, tienen el resplandor
de un lucero y parecen desprender los destellos de la luna. La
historia de su vida, su biografía, nos hace evidente cómo es cierto
aquello que la gema más preciosa y anhelada, el diamante, es el producto
de las rocas que aparecen en la soledad de los lejanos riscos que le dan majestad
a las campiñas. Porque eso ha sido Honorio en la historia cultural de su
tierra: un diamante que ha brillado en las letras como escritor, narrador, crítico,
costumbrista, poeta, periodista e historiador. Este chinacotero de cepa ancestral,
en su obra literaria se desliza a veces con la majestad, elegancia y sutileza
de un planeador, para encumbrarse asombroso y admirado como un cóndor,
o para pasar rasante sobre las espumas, majestuoso, como el alcatraz, para luego
descansar sereno en el alcázar de sus sueños. Todos los estilos
trajinados por él como la columna periodística informativa, censora
o humorística, o sus artículos costumbristas descriptivos, llenos
de remembranzas y su poesía plena de sentimiento musical y hermosa, terminaron
anclados en la esencia de su estructura emocional; porque en cada verso de su
poesía, en cada renglón de sus escritos, dejó verter la esencia
de su alma y su admiración al Creador, para terminar con sus medulares
artículos de fondo como historiador, Miembro de la Academia. Largo tiempo
pasó inadvertido Honorio y por ello demoró en aparecer en el puesto
estelar que le correspondía. Al referirme a él se me ocurre el recuerdo
de otro hombre, el más espectacular en la historia contemporánea
del toreo, como que junto a Manuel Rodríguez “Manolete” y sobre
los hazañosos recuerdos del coloso Juan Belmonte, partió la historia
de la tauromaquia. Me refiero a Domingo Ortega, el “Diamante de Bórox”
quien procedente de humilde familia campesina, con apenas las letras incompletas
de primaria, sin desprenderse de su profesión en la cual siguió
asombrando con su valor, plasticidad, estilo y dominio, también como consagrado
autodidacto incursionó en los campos de la ciencia y de la literatura,
en los altos grupos de la aristocracia y de la nobleza española. Casó
con una Marquesa y terminó como Miembro de Círculos Intelectuales
y Académicos. El paralelismo de estas dos vidas que a partir de una baja
y primaria cultura lograron convertirse en dos figuras intelectuales insignes.
Esto es curiosamente interesante y no sé quienes más lo hayan logrado. Yo he tenido el privilegio de conservar una copia de la biografía
de Honorio escrita en máquina y firmada por él mismo. Ha llegado
el momento de transcribirla: “Nací
en la apacible región de Iscalá, en el Municipio de Chinácota,
el 1 de Diciembre de 1898. Fueron mis padres Honorio Mora Ochoa y Rita Sánchez
Jáuregui de Mora, de origen muy humilde. En 1899, mis padres huyendo de
los horrores de la Guerra de los Mil Días, se asilaron en la aldea venezolana
de Delicias y al terminar la contienda civil regresaron a su tierra y se residenciaron
en el fronterizo pueblo de Planadas que luego se llamó Concordia, y hoy
Ragonvalia (nombre correspondiente a la dirección telegráfica del
General Ramón González Valencia). No pude hacer estudios secundarios
y toda mi instrucción se redujo a tres años de escuela primaria
en el mencionado pueblo de Planadas. En 1912 mi familia volvió a los lares
de Iscalá para dedicarse por entero al cultivo de la tierra. Fue así
como yo me convertí de la noche a la mañana en un campesino de la
montonera, pero las horas libres las dedicaba a leer y releer periódicos,
revistas y libros que conseguía prestados, logrando de esa forma acumular
con el correr de los años un acervo de conocimientos que contribuyó
a mejorar mi desmirriada cultura. En 1926 abandoné mi solar nativo para
dedicarme a otras actividades. Fui empacador de café en el establecimiento
comercial ‘La Cosmopolita’, ordeñador en la Hacienda de Cuellar, obrero,
cadenero y caporal sucesivamente en la carretera Chinácota – La Donjuana;
palero y cosechero en la Hacienda ‘El Piñal’ y más tarde chofer
y transportador. Por allá en el año 1932 inicié, con el fotógrafo
Fructuoso Arenas Carvajal, la publicación de un semanario, ‘El Patriota’
que tuvo vida efímera. El 1 de Enero de 1935 comenzó a circular
mi hebdomadario ‘Tricolor’, que durante tres años libró las más
recias batallas a favor del pueblo. Ese órgano de combate tuve que suspenderlo
cuando me enteré de que el entonces Alcalde de la ciudad, Roberto Ramírez
Cardozo, se proponía por ojeriza hacia ‘Tricolor’, destruir los talleres
en que se imprimía. Sacrifiqué el periódico pero salvé
la imprenta parroquial. Durante los años 1938 a 1946 dirigí la revista
cultural ‘Tierra Nativa’. En 1952 hallándome residenciado en Durania, saqué
a la luz la revista ‘Durania’ como publicación mensual, la que al cuarto
número, sin razón justificada, fue clausurada por el Gobierno Departamental.
De 1959 a 1961 dirigí en esa misma población de Durania ‘El Cubil’,
órgano cultural y mensual del Club de Leones de esa localidad. He colaborado
en los periódicos ‘Vanguardia Liberal’ de Bucaramanga, ‘Sagitario’, ‘Oriente
Liberal’, ‘Comentarios’, ‘La Opinión’, ‘Hoy’, ‘El Combate’ y ‘Diario de
la Frontera’ de Cúcuta. En 1936 fui Laureado en los Juegos Florales de
la F.E.N.S. de Cúcuta que me otorgó Jazmín de Oro y Diploma
de Honor por mi soneto ‘Cultivemos la Tierra’. En 1944 en los Juegos Florales
del Tenis Club de la misma ciudad, gané Flor Natural y Diploma de Honor,
con mis dos sonetos ‘El Águila Arpía’ y ‘Los Aguacates del Coronel’.
Soy autor del libro ‘Crónicas y Cuentos’ editado en la Imprente departamental
y del folleto ‘Biografía de la Parroquia de Durania’. Edité, así
mismo, en la Imprenta Departamental y a todo lujo el Álbum Gráfico
de Durania, con motivo del Cincuentenario de esta población. En la actualidad
soy el único chinacotero vivo que figura en la Biblioteca de Autores Nortesantandereanos
y que es Miembro Correspondiente de la Academia de Historia de Norte de Santander. Firmado:
Honorio Mora Sánchez”. CAPÍTULO
II Homenaje El
10 de mayo de 1971 (hace 35 años), el “Grupo Chinácota”,
círculo intelectual del cual hacen parte unos 65 miembros de distintas
partes del Departamento y que se reúne ocasionalmente en la casa de quien
esto escribe – llamada por ellos “la Casa Redonda”, y en uno de cuyos
muros cuelga el “Poema a la Casa Redonda”, escrito por el Letrado, Poeta
y Abogado, Magistrado Doctor Alberto Rodríguez -, rindió a Don Honorio
Mora Sánchez un emocionado homenaje en el cual hicieron uso de la palabra
Don Eusebio Salcedo como oferente, la Poetisa Ofelia Villamizar Buitrago, el Abogado
y Poeta José Luis Villamizar Melo, el Declamador magnífico Don Manuel
Antonio González y el Club de Leones de Chinácota. Ese día,
Don Honorio superó el umbral de sus emociones, y cuando el Club de Leones
encomendó al dueño de casa, Mario Mejía Díaz, la entrega
del Pergamino alusivo, y él atravesó la sala y lo puso en manos
de Doña Gloria, la hija del homenajeado, para que ella se lo diera a su
padre, Don Honorio conmovió al auditorio con sus lágrimas y los
aplausos de la concurrencia reemplazaron las palabras de agradecimiento que Mora
Sánchez quería expresar y no pudo. Fue un acto inolvidable. Doy
gracias al Doctor José Luis Villamizar Melo, Quijote editor de esta empresa
-única en la historia de las letras de Norte de Santander-, quien con su
gentileza me permitió acercarme a terrenos vedados para mí, pero
en cuyas puertas he osado tocar para saludar, respetuoso, a mis paisanos. CAPÍTULO
III Obra literaria Poema
“CULTIVEMOS LA TIERRA”. Premios: JAZMÍN DE ORO y DIPLOMA DE HONOR
– Cúcuta 1936.
Poemas “EL ÁGUILA ARPÍA” y
“LOS AGUATES DEL CORONEL”. Premio: FLOR NATURAL y DIPLOMA DE HONOR.
– Cúcuta 1944 ARCHIVOS:
Mario E. Mejía Díaz, Reinaldo Pabón y José Fernando
Gamboa (Casa de La Cultura) __________________________________ CULTIVEMOS
LA TIERRA “Empuñemos
el hacha redentora
y cantando talemos la montaña;
en huerto convirtamos
la maraña
autumnal de la selva vibradora. Removamos
la tierra. Ya es la hora
de regar la simiente en la campaña
y arrancarle
a la tierra de la entraña
las opimas riquezas que atesora. Del
trabajo la Ley es soberana:
con la acucia tenaz de las hormigas
cultivemos
la tierra, que mañana Cual
premio a nuestras ímprobas fatigas
veremos elevarse en la sabana
La callada oración de las espigas”.
EL DELIRIO DEL ÁGUILA
(Segundo Premio en los Juegos Florales
del Tennis Club Cúcuta.)
Al Dr. Salvador Cristancho, quien en Bogotá me llevó a conocer
el águila arpía de la Ciudad Universitaria.
Tras
los fieros barrotes de la jaula en que un día
la encerró la
perfidia de un diestro cazador,
se consume de pena la gran águila arpía bajo el hostil dominio de insólito rencor.
En los días
pluviosos, cuando la serranía
se encapota con brumas de mirífico
albor
y rachas pertinaces azotan a porfía
la ilímite llanura
con súbito furor,
La altiva prisionera domeña sus enojos,
y apagando los vivos destellos de sus ojos
se sume en los abismos de una rara
abstración…
Y en su actitud inmóvil y en su austera apostura
parece una broncínea y heráldica figura
caída del escudo
del algún viejo blasón. * * * * * * * * * * * * * Más
cuando la bonanza sobre el paisaje imprime
su sello de alegría, y su
eterno fluir
la sangre alborotada hasta en el ser que gime
despierta
como un loco deseo de reír;
Cuando un sol de verano gloriosamente esgrime
sus mil alfanjes de oro como un pomposo. Emir
y se oye entre las frondas
la orquestación sublime
de las aves que cantan al cielo de zafir,
El águila en su lóbrega prisión se despabila;
como encendida
brasa fulgura su pupila,
y delirante y presa de incógnita ansiedad Por largas horas bate con ímpetus extremos
– abiertos y extendidos
– los poderosos remos
como cruzando en sueños la azul inmensidad… AUTOBIOGRAFÍA El poeta dedicó este poema a la reina de los Juegos Florales donde
fue premiado con Jazmín de Oro Nací
como los buitres y cóndores altivos
sobre la agreste cima de un agrio
farallón
y ostento ante los ojos del mundo de los vivos
mi mano
encallecida como único blasón. Fui
acaso el más travieso de todos los zagales:
para la bienamada nenúfar
de pasión;
robaba a las abejas los más ricos panales
y del
cercado ajeno las frutas en sazón. Mil
veces sobre el lomo de algún potro salvaje
crucé como un centauro
la llanura sin fin,
en pos de la tormenta que con fiero coraje
fustigaba
los robles del lejano confín. Aspiré
con deleite las aromas extrañas
que exhalan las gavillas de la dorada
mies
y escalé las más altas y escarpadas montañas
por ver ignotos mundos tendidos a mis pies. Creí
en el Ser supremo con fe sencilla y pura
y mis mejores cantos fueron en su
loor.
En el feraz cortijo junto a la selva oscura
los ubérrimos
surcos regué con mi sudor. Y
tras la dura brega cuántas veces tendido
de espalda, en el collado,
bajo el pomposo tul,
el cielo inmarcesible contemplé sorprendido,
escruté las alturas y me embriague de azul Tuve
una profesora: la gran naturaleza
que me ofreció sus dones y me enseñó
a pensar.
Por eso es que mis cantos de amor y de tristeza
huelen a tierra
virgen, a musgos y azahar. Pero
el destino un día me arrancó de mis lares,
me empujó
por el mundo lejos de mi heredad
Y hasta a las mismas playas adustas de los
mares
llevé mi desamparo, llevé mi soledad. Sufrí
la cruel nostalgia del tigre prisionero
que sueña con las pampas pletóricas
de sol
mientras copian sus ojos tras barrotes de acero
el último
celaje del último arrebol. Ayer
volví al terruño cantando mis rondeles,
volví al suelo
nativo donde la dicha está;
de allá traigo este fresco manojo
de claveles
claveles de mi tierra ¡claveles de Iscalá!. ATARDECER Al
final de la ruta trajinada
nos embarga una abscóndita fatiga
que
nos doblega el alma y nos obliga
a moderar el paso en la jornada. Ya
nada acá nos ilusiona. Nada
las ansias de reposo nos mitiga.
Cada
guijarro del sendero hostiga
y hiere nuestra planta ensangrentada. Así
nos acercamos paso a paso
a la incógnita meta del ocaso.
Y en
este gris atardecer que todo Lo
va envolviendo en su crespón de duelo
la carne pugna por volver al
lodo
y el alma sueña con tender el vuelo. LAS
MANOS DE MI MADRE Rugosas
manos de gofradas venas
dispuestas siempre a practicar el bien;
Manos
siempre tan santas y tan buenas
que imparten dones sin mirar a quien. Manos
amadas con fulgor ustorio;
Hechas de mansedumbre, hechas de amor,
que
he visto en ademán suplicatorio
juntarse ante la Cruz del Redentor. Manos
que saben despejar de abrojos
esta senda sin sol de mi vivir…
y que
piadosas cerrarán mis ojos
turbios, sin luz, a tiempo de partir. PASIÓN Mi
afecto crece, mi pasión avanza
cuando estrecho tus suaves manecitas
olorosas a frescas margaritas,
mientras muere la tarde en lontananza. Vaya
un canto de amor en tu alabanza
ya que tantos anhelos resucitas
en esta
alma, vivero de mis cuitas
y sepulcro a la vez de mi esperanza. Mucho
tiempo yo erré tras de tus huellas
bajo la luz del sol y las estrellas
esclavo de mis íntimos antojos; Mas
hoy la dicha para mí fulgura
al mirarme temblando de ventura
en
el diáfano espejo de tus ojos DÍA
DE DIFUNTOS Hoy
es día de difuntos. Tímidamente
la tristeza difunde sus pinceladas
sobre seres y cosas: en el ambiente,
en la luz, en las flores y en las miradas. Ya
desfilan camino al camposanto
con manojos de flores las aldeanas
y resuenan
cual voces de hondo quebranto
los lúgubres sollozos de las campanas. Surgen
de entre las tumbas del cementerio
como nubes de incienso las oraciones
mientras gime la brisa como un salterio
y trepida la llama de los blandones
Allí
la paz encuentran en fosa oscura
lo mismo los sapientes que los intonsos,
y para todos tiene la voz del cura
el requiescat in pace de los responsos. ÉGLOGA
DE ISCALÁ
(Fragmento) Comarca
de mis mayores,
solar alegre y risueño,
bajo el dombo inmarcesible
y azul de tu firmamento
yo me convertí en un hombre
nutriéndome
de tu seno,
y arañando tu corteza
para arrancarte el sustento
en las labores del agro
mis manos se encallecieron,
y aprendí a
elevar a Dios
mi oración en cantos bellos,
bellos como las zagalas
que en el corral del ordeño
encendidas de rubor
daban gritos de
aspavientos
cuando algún golpe de brisa,
desordenado y grosero,
les alzaba las enaguas
y luego salía corriendo
remolinando las
hojas
caídas de los abetos. En
noches de plenilunio,
tachonadas de luceros,
de guitarras y bandolas
se escuchaban los arpegios
junto a ventanas ornadas
de ababoles entreabiertos. Y
cómo eran de agradables
esos alegres jaleos
– a veces improvisados
–
en noche buena, año nuevo,
en la fiesta de San Pedro,
donde
las chicas lucían
sus más vistosos atuendos
y bailaban con
los brazos
ceñidos a nuestro cuello
como dogales de gloria
que quitaban el aliento. Pero
de pronto el destino
insano me aventó lejos
como vilano sin rumbo
que viaja en alas del viento.
Durante lustros y lustros
fui vagoroso,
andariego,
por los caminos del mundo
de hondas nostalgias muriendo.
Y amilanado y roído
por desengaños sin cuento,
humilde,
como un hijo pródigo,
a tus campiñas hoy vuelvo,
contorno
de mis amores,
dulce rincón solariego,
retazo del Paraíso,
florido valle iscaleño,
con el ansia de morir
bien aferrado a
tu suelo
como las fuertes raíces
de tus seculares cedros.
CANTOS DE GLORIA
Pantano de vargas
Bajo un cielo cubierto de nubes invernales
se aprestan belicosas ya las huestes
rivales
a comenzar la cruenta lid.
junto a cada compacto pelotón,
con austera
y marcial apostura, tremolante bandera
empuña firme
un adalid.
Los
hijos de la pampa, heroicos llaneros,
los bravos irlandeses y los rubios iberos prontos e impávidos se ven…
De súbito en los grises
y lejanos confines
enloquece los vientos la voz de los clarines
con su
llamada a somatén… Entonces
cien caballos se disparan sin freno
con los vientres rasantes sobre el agrio
terreno
en rudo ataque contumaz. El
cañón, como un pulso, palpita en lontananza
y su latido es ritmo
que en la sangrienta danza
lleva, simétrico, el compás.
Soldados andrajosos cabalgan los corceles;
con los torsos desnudos esos héroes
noveles,
en loco afán de libertad,
Van ciegos a la lucha, la brida
entre los dientes
y en las crispadas manos las lanzas relucientes,
en
fiera acción de heroicidad. Los
dos bandos se embisten con idéntica inquina;
se atacan y confunden
en mortal degollina
que causa lágrimas y horror: Y
al final del combate, cual signo de victoria,
sobre el sangriento campo –
como lampo de gloria –
tremola un trapo tricolor LA
PRESENTIDA Te
busco y no te encuentro. Doliente peregrino
voy en pos de tus huellas temblando
de ansiedad.
y en mi perenne andanza solo hallo en mi camino
profundo
desamparo, tristeza y soledad. Creyendo
ver en cada mujer “la presentida”
les fui confiando a todas mi ardiente
sed de amor,
y todas, todas ellas cruzaron por mi vida
sin comprender
mi intenso deseo torturador. En
vano mis pupilas fatigadas exploran
la senda que se alarga como un fiero pesar, mientras en la penumbra mis ilusiones lloran
– cual huérfanas
chiquillas – cansadas de esperar. Te
he buscado por todos los rincones del mundo
abrasado en el fuego de mi extraña
pasión;
por ti me hice poeta – poeta y vagabundo –
para entonar
un canto bajo cada balcón. ¿Te
llamarás Stella? ¿Desdémona o Lucía?
¿Eurídice
o Julieta? ¿Livia, Leonor o Agar?
Sólo sé que te busco.
Tan sólo sé que un día
bajo el azul de un cielo yo te
habré de encontrar. NAVIDEÑA En
el rincón más triste y solitario
de una humilde taberna,
roído por incógnitos pesares
y frente a rubio vaso de cerveza,
El soñador contaba
las horas de su triste nochebuena,
Mientras
a su refugio
llegaban desde afuera
en rudo maremágnum
los confusos
rumores de la fiesta:
cantos báquicos, ledos villancicos,
entre
un ruido jovial de panderetas,
y el alegre repique de los bronces
de la
cercana iglesia. De
pronto sobre el alma atribulada
sintió un soplo de frío y de
tristeza…
Pensó en su infancia para siempre ida;
pensó
en su adusta juventud con pena;
pensó en la ruin mentira de la gloria;
pensó en lo inútil de la diaria brega;
y al pensar en la noble
viejecita
de alma de lirio y de nevadas crenchas
que acaso en ese instante
lo esperaba
en la lejana aldea,
emergió desde el fondo de sus ojos
como gota de luz lagrima acerba
que un momento tembló entre las pestañas
y hasta el suelo rodó como una perla.
Y al sentirse tan huérfano
y tan solo,
apurando de un sorbo la cerveza
huyó de allí,
como la fiel imagen
del dolor, por la lóbrega calleja,
y mudo y
yerto, cabizbajo y triste,
se hundió en el vientre de la noche, negra LA
PENA MIA A
mi hija Gloria Ligia en sus
Bodas matrimoniales. Yo
era un rey destronado que guardaba
en la augusta casona solariega
una
núbil infancia en quien había
puesto mis paternales complacencias
con orgullo infinito, porque siempre,
en el decurso de mis días, ella
era una viva fuente de ternura
en el Sahara de mi dura brega.
Pero ayer
un hidalgo
burló la vigilancia palaciega
y al país del connubio
se llevó mi princesa.
y aun cuando sé que el infanzón
garrido
le hará dulce su paso por la tierra,
de rosas alfombrándole
el camino
cual de azahares coronó su testa,
parece que el espíritu
agoniza
enfermo de recóndita tristeza
y en un rincón del
corazón aúllan
los inconformes canes de mi pena.
Mas si mi niña amada
persevera en ser buena
y hace la dicha del
mortal que supo
constelar de ilusiones su existencia,
que importa que
mi espíritu naufrague
en piélago de insólitas tristezas
y en mi doliente corazón aúlle
la jauría inconforme
de mis penas! ANGUSTIA Ser
el príncipe azul de tu albo anhelo
y a ti llegar en brioso Rocinante,
luciendo airón, espada y ferreruelo
cual legendario caballero andante, A
decirte con cínico desplante
la cruel angustia de mi amor en celo,
y alabar tu mirada corruscante
en rítmico y sonoro ritornelo. Ser
el fiero guardián de tu dominio,
en la angustia quietud del conticinio,
y con algún rival joven y fuerte, Bajo
tus rejas, en tremenda liza,
una noche batirme en duelo a muerte
por
la dulce merced de tu sonrisa. LA
VORÁGINE Cerré
aquel libro trágico que encierra
La historia del dolor de Arturo Cova,
Libro fastuoso con olor a tierra,
A detritus, a sándalo y a otoba.
Cerré los ojos, cual visión ustoria,
Con aligero paso, suave
y blando,
Otra vez los horrores de esa historia
Por mi mente en tropel
fueron pasando…
Torné a mirar la ilímite llanura,
Sus
mustios morichales, sus esteros,
Sus maniguas, sus mares de verdura
Pletóricos
de sol, y sus vaqueros…;
A través de la pampa los amantes,
Los dos aventureros fugitivos,
Y el desfile de garzas albicantes
Cual
reguero de puntos suspensivos…
La innumerada torada que, cautiva,
Barajusta de pronto tumultuosa
Y va cual marejada convulsiva
Bajo la noche
pálida y medrosa.
Después el vendaval, en cierzo airado
Batiendo los hirsutos pajonales;
El temporal que ulula endemoniado
Destrozando
los chusques y jarales.
El rayo que de pronto raudo brota
De la nube con
ímpetu bravío
Y cual ignífero rebenque azota
La superficie
túrgida del río.
La angosta senda que semeja un cinto
Que
olvidado dejara allí un gigante,
Y más lejos el verde laberinto
De la selva autumna l
y exuberante.
La selva virgen, sádica, inhumana;
La selva adusta,
trágica y sombría;
Esa jungla agresiva, jungla arcana
Y
catedral de la melancolía.
Luces fantasmagóricas y errantes
De las penumbras en el cruel cilicio!
Troncos que gesticulan tremulantes
Bajo el influjo del mortal suplicio!
La triste procesión de los caucheros
De oros marchitos sobre las alfombras
Que alocados se van por los senderos
Como si huyeran de sus mismas sombras.
O aguardan al hermano en la infinita Noche, con la esperanza de que vuelva…
Pero una voz en las tinieblas
grita:
“ni rastro de él, lo devoró la selva!” LA
GRAN TRAGEDIA Jesús
va por su calle de amargura
Mientras la abyecta multitud cobarde
De una
insana crueldad haciendo alarde
Lo injuria y lo escarnece en su locura.
Un destello de abscóndita ternura
Del Nazareno en las pupilas arde;
Y es a la luz dudosa de la tarde
Jesús la encarnación de la
dulzura.
Y al final del doliente itinerario
En la cruz agoniza sitibundo…
De la trágica cumbre del Calvario
Huye la plebe con terror profundo.
Todo se envuelve como en un sudario,
Solloza el mar y se estremece el mundo! INCOHERENCIAS
DE UN BEODO En
el vetusto bodegón un día
Leí en voz alta mi mejor poema,
Y un borracho adiposo que me oía
Pidió la copa y con marcada
flema
Así me dijo: “ignoro
Por qué siempre en tus versos
Elogias con fervor los labios tersos,
Y los ricitos de oro
Que exornan
las cabezas pensativas
De princesitas núbiles y altivas. “Si bajo el dombo
azul todo es mentira
A comprender mi espíritu no alcanza
Por qué
han de ser las notas de tu lira
Siempre un grito de vida y esperanza.
Qué es la carne? La carne es lodo inmundo!
Qué es la vida? La
vida es una farsa!
Los amigos? Ridícula comparsa
En el grotesco
carnaval del mundo!
“El amor? Una insólita locura
Que a veces
nos trastorna la cabeza;
Fiebre que si perdura
Nos condena al dolor y
a la tristeza,
Impregna nuestros labios de amargura
Y el joven corazón
hace pavesa!
El oro? Vil escoria
Que brinda pasajeras nimiedades.
El renombre, la gloria,
Dices tú? ¡Vanidad de vanidades! “Perdona si te
advierto
Que bajo el ígneo sol tan sólo es cierto
El cruel
dolor del corazón humano.
Lo demás? Lo demás… ¡es
humo vano! ”
Pero en grupo locuaz los soñadores
cual caterva de mirlas,
al hilar
el vellón de sus amores
dicen cosas muy bellas… sin sentirlas;
su lenguaje es profundo
su espíritu perverso;
sacrifican un mundo
para pulir un verso”.
Y en lenguaje gabacho
Siguió diciendo “Sócrates, Filipo…”
Y se apagó de pronto del borracho
La voz, estrangulada por el hipo.
DEL
ROSAL DEL AMOR Tu
romántico amor es viva fuente
En la cruel aridez de mi camino…
Algo así como un cántaro de vino
Donde apago mi sed ávidamente. Si
las zarzas hirieron rudamente
Mis plantas de tedioso peregrino,
Fue tu
amor como un bálsamo divino
Para mi enfermo corazón doliente… Tu
romántico amor es viva fuente
En la cruel aridez de mi camino. DESALIENTO Iluso
soñador llevé en la vida
Las alforjas repletas, buen hermano,
De dorados ensueños, siempre ufano
A través de la ruta aridecida. Hoy
que declino el alma compungida
Veo todo afán para la dicha vano,
Y así ruedo del tiempo al hondo arcano
Sin restañar la sangre
de la herida. El
espíritu gime atormentado
Hecho un montón de escombros y de
ruinas.
El rosal de mis sueños despojado De
sus mágicas rosas purpurinas
Solo ostenta – reliquia del pasado –
La fiera trabazón de sus espinas LA
MISIÓN DEL PERIODISTA La
pluma convertir en ígnea tea
Que con su intenso resplandor alumbre
Los caminos que llevan a la cumbre
Donde la sombra del error campea. Hacer
un rayo, así, de cada idea,
Y ser guión de la humana muchedumbre…
Y a las veces mostrar la podredumbre
De la orgullosa humanidad pigmea. Noblemente
llenar cada cuartilla
Sin oído ruin, con la intención más
pura;
Mostrar, si se le insulta o acribilla, Espíritu
de recia contextura,
Y hacer de la verdad, franca y sencilla,
Un hábito
talar, su investidura. CAPÍTULO
IV OTROS ESCRITOS Editorial
TIERRA NATIVA Nº 1 Serie 1 – Chinácota, abril 1 de 1938 “A
MANERA DE INTROITO” Tornamos
a la palestra del periodismo dominados por la obsesión de la patria chica.
Y, como en antes al frente de nuestro semanario “Tricolor”, entramos
a la liza sin más bagaje que nuestro optimismo, ni más armas que
nuestra pluma, no por humilde menos honrada. Uno
de esos políticos bastardos que cambian de partido con la misma facilidad
con que cambian de domicilio o de camisa, motejó de “oposición
sistemática” nuestra labor tesonera y depuradora de tres años
a favor de los intereses del pueblo. Pero el público sensato sabe que jamás
hemos puesto nuestra pluma al servicio de los odios banderizos; que nunca hemos
ido tras el señuelo de gajes o prebendas; que nuestras campañas
de prensa han estado siempre inspiradas en los mejores y más sanos sentimientos;
que si hemos incurrido en errores ha sido de buena fe, y que cuando algún
insigne advenedizo, amparado por las bayonetas pretorianas, quiso obligarnos a
caer de rodillas ante los ídolos de barro, no vacilamos en romper la pluma
antes que envilecerla. Por eso, porque jamás hemos traicionado nuestros
bellos ideales, es por lo que tenemos la seguridad de que el pueblo está
en nuestra parte. Y la voz del pueblo es la voz de Dios. VOX POPULI VOX DEI. Con
esta nueva orientación de nuestra campaña pro-Chinácota aspiramos
a colaborar con nuestro grano de arena, y en la medida de nuestras humildes capacidades,
en la magna obra de la cultura general del pueblo que nos vio nacer, llevando
a sus hogares una revista de lectura sana e instructiva al par que interesante
y amena, enteramente ajena a las bajas pasiones y a los odios mezquinos. REMINISCENCIAS ¿Fuimos
dos mosqueteros orgullosos
que arrogantes marchamos a la liza,
y unas
veces salimos victoriosos
y otras veces…sin camisa? los
dos fundamos, libres de temores,
para atacar las leyes del embudo
una
hoja “tricolor de tres colores”
como dijo una vez el “chiverudo”. Y
en esa escaramuza de noveles
Quijotes de cabeza pensativa
Nos abrumaron,
unos, de laureles
Y nos cubrieron, otros, de saliva. Pero
al final (oh manes de la rosca)
Un político estúpido y matrero
Nos propinó a los dos con mano tosca
El burdo “navajazo marranero”. Tú
lo sabes. Pasé noventa días
Escondido debajo de la cama,
llorando como un nuevo Jeremías,
sucio quizás, como gamín
sin mama. Más
luego sin saber cómo ni cuando
– cosas de Aquel que lo dispuso arriba
–
Me hallé de nuevo con furor luchando
Por mi bella y feraz “Tierra
Nativa”. ¿Dizque
a la lid torneme muy caliente
Con la acerada péñola en la mano,
Y vives por los lados del oriente…
Del flamígero “Oriente
Colombiano”? Ya
que vuelve a surgir la primavera
Olvidemos al “prófugo” sombrío…
Nuestro justo rencor fue ave viajera,
“y las aves se van cuando hace
frío”. CAPÍTULO
V MÁS SOBRE HONORIO El
Abogado, escritor, poeta y Académico José Luis Villamizar Melo,
en su libro NOMBRES Y VOCES. LITERATURA NORTE SANTANDEREANA (octubre 10 de 1966),
página 339, dice así: HONORIO
MORA SÁNCHEZ
Caudillo
de sí mismo, su literatura es hija de la vida dura y sencilla del autor.
Se desenvuelve a la maravilla en la crónica ligera, en el cuento, en la
anécdota plena de sabiduría. De ello dio testimonio en su libro
“Crónicas y cuentos” que publicó hace unos años.
Pero además es un poeta de dulce acento, afortunado en la versión
de sus duelos y de sus victorias; y catador de paisajes que describe en versos
de impecable factura y de intenso vigor conceptual. La codiciada “Violeta
de Oro” en competidos juegos florales de Cúcuta, premió una
vez la obra de este poeta oriundo de Chinácota y consagró su nombre
definitivamente en la galería de nuestras voces eximias.
EL LOCO DE PATIVILCA
Sin
armas ni soldados ni salud ni dinero,
Rumiando en Pativilca sus penas don
Simón,
Las enjutas rodillas de músculos de acero
Mostraba
por los rotos del viejo pantalón. Postrado
por las fiebres el ínclito guerrero
Que derrochó en cien lides
coraje de león,
Con entereza suma y espíritu altanero
Bebía
la amarga copa de la desolación. Qué
piensa hacer ahora? – le preguntó un amigo.
Y erecto entre sus mustios
harapos de mendigo
Con voz de trueno al punto gritó el Héroe: Triunfar! El
otro no esperaba respuesta tan rotunda…
Perplejo y embargado de una emoción
profunda
Creyó loco a Bolívar… y se puso a llorar. SEMBLANZA Mi
abuelito materno (Dios lo tenga en descanso)
Era un labriego andino quemado
por el sol;
Un típico mulato pausado y apacible,
Con sangre de
aborigen y sangre de español. Lucía
unos bigotes retorcidos y canos
Y arriscados – fingían dos rabos de
alacrán;
La indecible tristeza de la raza vencida
Colmaba sus dolientes
pupilas de jayán. Tenía
el mentón partido, la nariz aguileña
Y notorios desgarbos en
su estampa senil.
Llevaba en sus cabellos la impoluta blancura
Del vellón
de los albos corderos del redil. A
la puerta del rancho se sentaba en las tardes
Con las manos lisiadas de ligero
temblor,
Y nosotros, sus nietos, en banda alborozada
Le pedíamos
en coro: “Cuente un cuento, ñoñor” Era
admirable cómo el buen viejo tenía
Un ameno relato para cada
ocasión.
Yo heredé de mi abuelo los nostálgicos ojos,
La estampa desgarbada y el partido mentón. TERCERA
PARTE Reconocimiento
a otros olvidados escritos de dos chinacoteros. “CHINÁCOTA
ERA UN PUEBLO BLANCO” DISCURSO DE MANUEL ANTONIO GONZÁLEZ CAMARGO Coronación de la Reina de Belleza Ligia Torres Muñoz – 1.973
y
“CHINÁCOTA 450 AÑOS. AYER, HOY Y MAÑANA”
CRÓNICA DE JORGE MUÑOZ JAIMES. Publicada en separata de LA OPINIÓN,
septiembre 20 de 1986
___________________________ CHINÁCOTA
ERA UN PUEBLO BLANCO Chinácota era un pueblo blanco,
adornado con ceibos y samanes centenarios. Era una niña buena que lucía
en los días de fiestas lazos de colores, para asombro de arrieros que bajaban
por las trochas cargados de esperanzas y de flores. Era una calle solita y solitaria
cuyas piedras lastimaban los cascos de las mulas y los herrones de los trompos
de los niños. Era
una timidez encendida tras las rejas de los ventanales, que se entreabrían
temerosas al paso del viajero caminante. Sus esbeltas palmeras no añoraban
la presencia de los troncos de árboles mejores. Los relinchos de los potros
despertaban los aullidos de los perros y el cantar de las cigarras. Los aleros
de las casas sostenían teja nueva y guardaban, como joyas, en los grandes
corredores, las orquídeas y las jaulas con canarios de la abuela bienhechora.
Los cocuyos alumbraban la noche y comparaban su luz con los luceros. El granito
no osaba tapar la blanca cal de las fachadas. Los esquivos tacones bailaban pasillos
al son de los tiples. En las callejuelas y caminos reales, los gruesos portones
chirriaban al paso lento de los peregrinos, que con rebozo bordado de encaje y
recato, venían meciendo sus ramos benditos. Altares de carpas con jaulas
y flores y vida. Apuestos jinetes en negros, castaños y moros caballos. Chinácota
niña, Chinácota nueva. Pueblito querido metido en el alma de los
chinacoteros. Ahora
Chinácota, ciudad que despierta los celos de sus admiradores. El transparente
destino de tu gloria está trazado. Al fin y al cabo, qué importa
que las piedras de tus calles se hayan ido; qué importa que tus tejas rojas
se hayan cubierto con escarcha y nostalgia por los años jóvenes;
qué importa que las cigarras y los grillos ya no arrullen el sueño
y la ilusión del niño. Que las golondrinas y las mirlas y los azulejos
no tapen con sus alas los rayos del sol, en las mañanas. Qué importa
que los caminos con sus piedras y su polvo estén añorando las huellas
descalzas de los campesinos. No importa… porque sigues siendo buena. Porque
en las tardes todavía el aroma de cafetos florecidos sale a encontrarse
de visita con la fragancia rubia de los trigales fríos. Porque tienes en
tus gentes el don del señorío. Porque en septiembre te vistes de
gala y alumbras, con derroche de contento, porque ha llegado la ocasión
buscada de mostrar a Colombia tu vocación de sembradora que cosecha triunfos
para que la magia de la Feria viva. No importa que los años pasen, pues
tienes la Corona de tus glorias aferrada al clima sin par de tus cerros azules. Esta
noche, esa Corona legendaria, que año tras año se impregna de sienes
hermosas, se traslada de Amparo, la de nombre bendecido, la que supo llevar en
sus ojazos los aplausos y los besos mil veces merecidos, para posarse silenciosa
y dorada sobre la frente altiva de la morena esbelta de ojos soñadores.
Rozando el azabache de su pelo quedará hasta septiembre de otro año.
Se adornará de sencillez de niña; tomará la figura amorosa
y dulce de la portadora tejedora de sus sueños donde palpita un corazón
de Reina. Dormirá en las sienes de una hija juiciosa de unos padres sencillos
y cordiales, que a costa de trabajos han ido edificando sobre el santo tablado
de su hogar un altar enmarcado con ejemplos de virtudes y belleza. Vivirá
en la ingenua mirada dulce que está llenando de ilusión la vida,
la vida de nosotros, la vida que con Ligia se ilumina, se despeja, aplaude, goza
y vive, para gritar a los cerros, a los vientos y a las torres en donde viven
las campanas y las golondrinas, que la Reina, la adorada, la Torres Muñoz,
es nuestra Reina. Qué
importa que las aguas de los ríos se hayan ido, si cascadas de princesas
calman la sed de los chinacoteros. Candidatas:
bienvenidas! Sois mensajeras de paz, portadoras de luz y de sonrisas. En nombre
de la Chinácota de siempre, pongo a vuestros pies una alfombra de coronas,
de rosas y de corazones agradecidos. MANUEL
ANTONIO GONZÁLEZ CAMARGO CHINÁCOTA
450 AÑOS. AYER, HOY Y MAÑANA Composición
en homenaje a Chinácota, escrita el 20 de septiembre de 1986 por Jorge
A. Muñoz J., como nota editorial de la Separata “CHINÁCOTA,
450 AÑOS”, impresa en La Opinión, con tiraje de 10.000 ejemplares,
auspiciada por el Club Rotario de Chinácota, fundado y presidido por el
autor, como regalo al Municipio en tan fausta conmemoración. EL
AYER En
1532 un osado teutón, Ambrosio alfinger, intentó domeñar
los altivos chitareros. Pagó con su vida la osadía. En 1534, 24
de julio, día de San Juan Bautista, Pedro de Ursúa y Ortún
Velazco “en el valle de Chinácota, hallaron un pueblo de más
de 700 casas de naturales” y fincaron nuestra raíz en el sitio llamado
Pueblo Viejo. Se consolidó nuestro ancestro y tuvo vida civil nuestro linaje. Son
pergaminos amasados con sangre indígena, sudor peninsular y tierra nuestra.
Desde entonces, hace cuatro siglos y medio, nos asomamos a la faz de la Patria,
con rubicunda timidez campesina y la altivez de nuestras breñas norteñas.
Hemos estado ahí, desde el comienzo, sin mengua y con decoro; forjando
nuestro país a golpes de hacha, de azadón y de pica. Triturando
terrones para inyectar en minúsculos granos, el germen portentoso de esos
milagros verdes que fustigan nuestra propia miopía. Abriendo los cinceles
vivos de los cascos mulares. Aportando la sangre que en la gloriosa gesta del
caraqueño ilustre, se abrió como bandera para volverse escudo de
nuestra libertad. Copiando las estrellas en los destellos ígneos del hacha
mutilante. Desgarrando las sombras a cortes de machete, para buscar la aurora
de un futuro mejor. Quitándole a la entraña de la tierra ese negro
pedruzco que se convierte en luz. Sembrando siemprevivas, claveles, dalias, rosas…
para alfombrar de aromas un cronos por llegar. Cosechando los surcos y transmutando
en néctar ese rubí pequeño que llamamos café. Endulzando
la vida con savia de cañales y entretejiendo sueños con hilos de
osadía para forjar los líndes de nuestro porvenir. ¡Hemos
estado ahí! EL
HOY Fuimos
cabeza de Provincia. Nos hemos consolidado como pueblo. Somos conglomerado humano
con claros derroteros y anhelos de surgir. Tuvimos el aporte de pioneros notables
que marcaron la senda que habríamos de seguir. Los González, Carrero,
Camargo, Aillón, Berbesí, Leiva, Sosa, Muñoz, Alvarez, Mora,,
Galvis, Canal, Valero, Leal, Rodríguez, Sandoval, Chacón, Delgado,
Sanín, Hernández, Gómez, Seade, Castañeda, Gaitán,
Acero, Plazas, Rubio, Paredes, Trujillo, Assaf, Gil, Sánchez, Gélvez,
Durán, Díaz, Mendoza, Rangel, Aponte, Buitrago, Contreras, Acevedo,
Sanabria, Valdivieso, Marcucci, Calderón, Torres, Elcure, Cáceres,
Márquez, Conde, Carradine, Faillace, Pinto, Mantilla, Peña, Escalante,
Valderrama, Maldonado, Carrillo, Carvajal, Albarracín y toda una pléyade
de esforzadas voluntades que hoy conforman nuestra faz ciudadana. Esa amalgama
de criterios y propósitos, ese invaluable capital humano son los que, de
una u otra manera, en mayor o menor grado, han estructurado la hermosa realidad
que hoy ofrecemos al Departamento y al país. Reseñar lo que hemos
logrado con inmenso tesón y dura brega machacando las esperanzas en el
yunque de nuestra voluntad, queda a cargo de voces más doctas que la mía.
Ofrecemos y mostraremos realidades. Ante propios y extraños somos un pueblo
amable, acogedor, dinámico, laborioso, tenaz, optimista, sincero, pacífico
y alegre. Por fortuna en el caleidoscopio de la historia, los dioses tutelares
de Colombia parecen, al fin, volverle a sonreír a este ignorado faro de
la patria, enclavado en la esquina nororiental de la República, que nunca
hasta ahora ha sido tratado con la justicia e importancia que merece y que todos
a coro reclamamos. Tres cuartos de siglo han transcurrido para que un ilustre
Nortesantandereano vuelva a ocupar el Solio de Bolívar. Para el Departamento
se abre un paréntesis de fe y esperanza, y los chinacoteros nos sentimos
profundamente orgullosos de que sea un distinguido coterráneo, Eduardo
Assaf Elcure, quien fije nuestros rumbos de paz y progreso, pues en él
nos vemos digna e idóneamente representados. Tenemos la certeza de que
bajo su acertada gestión administrativa, nuestro terruño y Departamento
alcanzarán la primacía que histórica, económica y
políticamente les corresponde. Sabemos sí, que ese esfuerzo de superación
no es sólo obligación de los gobernantes, sino también deber
ineludible de todos los gobernados. Responderemos a nuestro ancestro “chitarero”.
¡Volveremos a ser los primeros! EL
MAÑANA A
escasos 410 millones de segundos de un nuevo siglo y una nueva era, nos aprestamos
a “desafiar el futuro de pies sobre el trabajo”. Contamos con la extraordinaria
herramienta que en buena hora nos ha dado Gustavo Sánchez Chacón
por medio de la Ley 44 de 1985. Gratitud a su nombre. Pero una Ley sin hombres
es letra muerta. Se requiere del permanente entusiasmo, apoyo y concurso para
que dichas obras cristalicen. Hemos alcanzado una etapa, no la meta. Es probable
que muchos de nosotros no veamos sino parte de ella. Pero el buen hortelano no
siembra para consumir su cosecha, sino para asegurar el futuro de los que han
de venir. Debemos ser “como tierra abandonada, que te lo entrega todo sin
exigirte nada”. Estamos construyendo la historia. No podemos ser inferiores
al destino. Nos espera un futuro brillante y halagüeño. De nosotros
depende. De todos y cada uno de nosotros sin ninguna excepción. Que todo
aquel en cuyas entrañas vibre una brizna de sangre chitarera aúne
sus esfuerzos, temple su voluntad, se haga presente y pueda decir como el poeta:
“!Yo fui el arquitecto de mi propio destino!”. Jorge
Alberto Muñoz Jaimes. Chinácota, septiembre 20 de 1986. CUARTA
PARTE Estudio
sobre el filósofo revolucionario Biófilo Panclasta
(Vicente Rafael Lizcano, o Vicente Rafael Rojas Lizcano) Mario
E. Mejía Díaz
Academia de Historia de N. de S.
Cúcuta,
Septiembre de 1986
Revisado y corregido: Enero 2006 PROLEGÓMENO Quien
esto escribe fue el primero (1985) que por estos lados de Colombia, la tierra
nativa de Biófilo, trajo con suficiente respeto recuerdos de nuestro paisano.
Mis cuartillas, basadas en publicaciones cuidadosamente escogidas de los escritos
de J. A. Osorio Lizarazo y Rafael Gómez Picón, han sido, pues, lo
único estudiado acá, y ellas, publicadas hace 18 años (martes
11 de agosto de 1987), tuvieron como razón o causa la pregunta que un día
me hizo mi distinguido amigo, el Embajador, médico Carlos Ardila Ordóñez,
recién llegado de Europa, cuando me dijo: “Mario: en Alemania, en
una reunión, me preguntaron por el notable revolucionario colombiano, santandereano,
Biófilo Panclasta. No pude contestar nada; y para lograr información
le pregunto a usted, porque el tal Biófilo, me dicen que es de su tierra,
Chinácota”. – A la memoria del doctor Ardila Ordóñez,
escribo agradecido estas líneas. – Aclaro que mi escrito tiene párrafos
completos, respetuosamente reproducidos, de los autores que figuran en la Bibliografía.
Anteriormente, según referencia de Don Jorge Muñoz Jaimes, el Dr.
Eduardo Ángel Mogollón -en la entrevista de TV. que le hiciera el
periodista manizalita Néstor Cardona en Chinácota, para audiovisuales,
en 1979- hizo conocer a nivel nacional el nombre de Biófilo Panclasta. En
la actualidad hay un estudio, hasta ahora el más completo sobre Biófilo,
publicado en el libro “BIÓFILO PANCLASTA EL ETERNO PRISIONERO. Aventuras
y desventuras de un anarquista colombiano”, en conmemoración de los
50 años de su muerte, edición especial del 1º de Marzo de 1992,
“justamente el mismo día en que Biófilo Panclasta cumple 50
años de haber dejado su última prisión para acceder a la
libertad por la que siempre combatió con rebeldía y resolución”,
cuyos autores son los distinguidos Profesores universitarios Orlando Villanueva
Martínez (Tolimense. Maestría en Historia en la Universidad Nacional
de Colombia), Renán Vega Cantor (Bogotano, Magíster en Historia
de la Universidad Nacional de Colombia), Juan Carlos Gamboa Martínez (Boyacense,
Licenciado en Ciencias Sociales de la Universidad Pedagógica Nacional)
y Amadeo Clavijo Ramírez (Bogotano, Licenciado en Ciencias Sociales de
la Universidad Pedagógica Nacional). En
junio de 1988 se publicó el libro “BIÓFILO PANCLASTA”
escrito por el Académico y Educador Don Guillermo Vargas Villamizar. Puede
este libro llegar a merecer aprecio en el campo de la fantasiosa literatura cuentista
ajena a la verdad histórica narrativa. El autor, distinguido educador cucuteño
cultor de la literatura – y posiblemente de más bellas artes -, es persona
a quien conozco y aprecio. Sin embargo, la irreverente alusión a Biófilo
Panclasta no pasa de ser sorprendente profanación a un personaje que de
ninguna manera puede acusarse como vagabundo, mentiroso, aventurero, oportunista
y apasionado sexual, como lo hace el señor Guillermo Vargas Villamizar,
quien lo presenta, en un alarde de insoportable heurística, de manera abusiva
y grotesca. Biófilo
(Vicente Rafael Lizcano, o Vicente Rafael Rojas Lizcano) fue en su época
– y también podría serlo hoy – el más espectacular filósofo
revolucionario socio-político aparecido en Colombia. De escuela primaria
pasó, como autodidacto, a ser un letrado, pensador, poeta, escritor y políglota,
con los conocimientos y la cultura que fueron consecuencia del desarrollo de su
inteligencia, aplicada a la reflexión y análisis de su compleja
vida. Es muy difícil y aventurado burlarse de quien fuera tan notable personaje.
Creo que para analizar y criticar a alguien que se ha hecho notable o acreedor
a admiración, aún dentro del mal, es necesario ser superior o, por
lo menos, igual a tal personaje; y ni el señor Guillermo Vargas Villamizar,
ni nadie hasta ahora, tiene la calificación acreditada para ello. En su
libro yo figuro como uno de los informadores, y pienso que soy el único.
Dudo mucho que las otras dos citas sean reales. Infortunadamente,
Don Guillermo Vargas Villamizar hizo de mi información un alegre folletín
que yo censuro con respeto e indignación. Este referido autor, a su vez,
ha sido citado varias veces en algunos escritos, sin suficiente conocimiento sobre
la veracidad de su relato, lo que ya cité al comienzo de estas cuartillas.
CAPÍTULO I AÑOS 1879 – 1942. CHINÁCOTA
BIÓFILO PANCLASTA… ¿LEYENDA, MITO Ó VERDAD?
Esta
tierra tuvo la oportunidad de permitir que aquí viera la luz en nuestro
planeta un personaje gigantesco, “digno de una biografía que no se
escribirá nunca” (José Antonio Lizarazo, 1939). Ese gran aventurero
nortesantandereano llamado BIÓFILO PANCLASTA fue un coloso de la inconformidad,
de la rebeldía y del terrorismo, y ejemplar aventurero, anarquista medular
y nihilista. Además dícese que fue amigo de Gorki, coautor del atentado
al Zar Alejandro de Rusia y compañero de tiempo y correrías de Lenín,
del Príncipe Kropotkin y del incomparable revolucionario Ravachol. También
fue terror de muchos gobiernos de Europa y América, a los cuales impresionó
y convulsionó con su acción y con su verbo, y de los cuales recibió
las más agresivas reacciones que lo colocaron como el prisionero que más
cárceles ha conocido hasta nuestros tiempos, pues tuvo, según algunos
relatores, 358 reclusiones. Fue
admirado por Carmen Da Silva, la Reina poetisa de Rumania, perseguido por Guillermina,
la Reina de los Países Bajos, trotamundos con Santos Chocano, Vargas Vila,
Clemenceau, Rubén Darío. Amigo de Eduardo Santos (?) o Enrique Santos
(Calibán) en la época en que uno de éllos redactaba en Tunja
“La Linterna”; también de Eleázar López Contreras,
futuro General y Presidente de Venezuela, con quien trabajó en una escuela
en Capacho Nuevo en 1889 (tenía para la época 20 años), gracias
a la acción caritativa del Párroco de la localidad, el Padre Contreras,
tío del joven Eleázar que acababa de llegar de La Grita, donde había
terminado sus estudios secundarios, y buscaba, como Biófilo, trabajo. Este
anarquista y aventurero de todos los tiempos y de todos los mares y de todas las
latitudes, descansó su ancianidad fatigada en los brazos amorosos y caritativos
de otro personaje extra, Julia Ruiz, una pitonisa octogenaria que le prodigó
sin medida su protección, ternura y cariño. A ella me referiré
más adelante (Segunda parte). Él
y ella fueron dos seres convulsionados emocionalmente, frustrados en sus ideales
y fracasados en sus empeños. En nuestro tiempo él hubiera sido el
más completo ideólogo de las guerrillas, posiblemente tan interesante
como el Che Guevara; este último, médico, hombre de singular inteligencia,
penetrante mirada e inusitada actividad, al parecer nacido para revolucionario,
fue muerto en la orilla de la Quebrada de Yuro. República de Bolivia, el
8 de octubre de 1967 (hace 38 años). Se dice que cuando el Cabo del ejército
le iba a disparar ya prisionero en el Puesto del comando, Guevara le dijo: “No
me mates. Yo soy tu hermano”. Biófilo y el Che, ellos dos, destructores
infatigables del inconsecuente comportamiento político de la autoridad
y maquinadores subversivos tremendos del orden social, han sido sorprendentes
mitos del siglo que pasó. Hay que recuperarlos dentro de sus dimensiones
históricas, humanas y filosóficas. Y
ella, estimulada por su desilusión y utilizando su especial capacidad humanitaria,
su incomparable generoso corazón y su viva inteligencia, fácilmente
hubiera llegado a ser “conductora”, con empujes de “líder”,
de la llamada modernamente “liberación femenina”. Más
adelante me referiré, dentro de lo posible, a esta olvidada mujer, JULIA
RUIZ. La suerte o el destino, como algunos suelen llamar a ciertos hechos de compleja
explicación, puso frente a frente, en un mismo sendero, a dos seres excepcionales
que, surgidos de diferente origen y con diferente educación, tenían
extrañas y aún opuestas estructuras psicobiológicas y quienes
polarizaron sus sentimientos y conductas por divergentes senderos, para encontrase,
como ya lo anuncié, en esa reflexión común que la experiencia
da a los espíritus atormentados por la insatisfacción al final de
la jornada, cuando la verdad aparece impávida y escueta como una expresión
de dicha experiencia, y entonces el equilibrio emocional premia los últimos
años de la vida. Me
parecería interesantísimo que un versado escritor e historiador,
y mejor aún, psicólogo, intentara incursionar la personalidad de
Biófilo. Creo que su alma aparecería como una aurora boreal de espirituales
sorpresas. Le oí comentar un día al connotado historiador Dr. Eduardo
Ángel Mogollón que, guardadas proporciones y en diferentes posiciones
y acciones, dos colombianos habían llevado en tiempos lejanos el nombre
de Colombia allende los mares: el General Francisco de Paula Santander y Biófilo
Panclasta. Y hasta alcanzó a insinuar que se erigiera un busto en la casa
natal de Biófilo, que lo fue la residencia del Doctor Emilio Villamizar.
Estoy cierto de que tiene la razón. Agreguemos, en este exordio, que Panclasta
hablaba correctamente francés, y se desenvolvía con soltura en inglés,
ruso, alemán, portugués, italiano y seguramente otros idiomas más,
porque la mejor escuela para aprenderlos es el hambre, el dolor y la cárcel,
y él estuvo en “lo más selecto” de las mazmorras de todos
los idiomas. Los
primeros años de su niñez y adolescencia hubo de pasarlos en su
querida Chinácota, seguramente desempeñándose en uno de los
comunes oficios de la época y que en su importancia eran la herrería,
la talabartería, la atención de las caballerizas y hospedajes, y
algunos otros caseros, como lo hacían todos los muchachos de la época
que no eran hijos de familias acomodadas o distinguidas. Sus primeras letras las
aprendió en la escuela de la localidad y luego recibió más
instrucción en Pamplona, y aún se dice que fue discípulo
del famoso Padre Rochereau en el Seminario. De esto no hay datos precisos. De
ahí en adelante nada se sabe, pero hacia finales de 1939 (tenía
entonces 60 años) aparece rastreando, deambulando los paupérrimos
tugurios bogotanos, BIÓFILO PANCLASTA, cuyo verdadero nombre fue Vicente
Rafael Lizcano, hijo de Bernardo Rojas y Simona Lizcano, nacido en esta población
de Chinácota, Norte de Santander, posiblemente en el quinquenio de los
años 75 a 80 del siglo XIX, ya que su muerte, ocurrida también en
Norte de Santander, Pamplona, sucedió el 1º de Marzo de 1942, cuando
aparentemente contaba más o meno 70 años de edad. No he querido
corregir esta duda sobre la fecha ahora que lo puedo hacer, gracias al dato importantísimo
que tanto sobre el nacimiento como sobre la muerte me suministró mi amigo
Don Reinaldo Pabón, Secretario del Colegio San Luis Gonzága de esta
ciudad e investigador sobre nuestro personaje, porque me complace, a base de deducciones,
haberme aproximado tanto a la verdad; pero los datos ciertos son, según
la siguiente trascripción: “Partida
de defunción
“Parroquia de las Nieves de Pamplona.
Libro de
defunciones Nº 14 – folio 191 – Marginal 669. “En
la parroquia de las Nieves de Pamplona, a dos de marzo de mil novecientos cuarenta
y dos, fue sepultado canónicamente el cadáver de Vicente Lizcano,
soltero. Murió de cardialgia, en el Asilo de los Ancianos Desamparados,
anoche. El Capellán del asilo le administró los Sacramentos de penitencia,
comunión y extremaunción, Doy fé, Evaristo Peinado. Pbro.
Pamplona 23 de Mayo de mil novecientos ochenta y seis (1986). El Párroco,
Fdo. Manuel María Mora. Pbro.” Hay sellos. El
segundo procede de un escrito que el señor Erwin Ortiz Latorre, bumangués,
envió a El Espectador, Sección Preguntas y Respuestas dirigida por
don Manuel Drezner, titulado “Más sobre Biófilo Panclasta”;
no tiene fecha pero parece ser de 1979 y dice: “…la verdad sobre su
natalicio la señala él mismo en un libro que escribiera por el año
de 1929 y del que sólamente pude obtener la fotocopia de unas ocho páginas
que quedaron y está en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá,
luego de que algún perturbado egoísta se hurtara el resto de sus
páginas. La cita dice así: `A las cinco de la mañana del
domingo 26 de Octubre de 1879 mi madre me parió en las Villas de Chinácota,
casa del doctor Emilio Villamizar y esposo de la Señora Carmen Leal de
Villamizar. Mi madre, Simona Lizcano, hija de talentudos campesinos de Silos,
en Santander (ahora Norte de Santander), fue criada en la casa del acaudalado
y cuasi sabio campesino Clemente Montañez, en Chitagá, de donde
salió para Pamplona a casa del Obispo Toscano, y de aquí a Chinácota
donde mi padre, Bernardo Rojas, la conoció, la amó… y de esta
unión libre y amorosa salí yo.’ Para terminar “dice el señor
Ortiz Latorre “cito una especie de epígrafe que contiene el libro
de Biófilo Panclasta: `La vida es la única verdad real; vivirla
es nuestro destino; mostrarla desnuda es nuestro único deber`. Biófilo
Panclasta”. Está,
pues, precisado que Biófilo nació en Chinácota el domingo
26 de Octubre de 1879 y murió en Pamplona el 1º de marzo de 1942,
a la edad de 63 años. Si
bien es cierto que se logró la Partida de defunción ya citada, mucho
se buscó su Partida de nacimiento, que nunca apareció. Puede darse
una explicación muy valedera de ello, aún cuando no definitiva.
Para la época, la pasión política y las muy severas aplicaciones
de las exigencias religiosas católicas, excluían, estas últimas,
de los servicios religiosos y aplicación de los Sacramentos a los hijos
llamados “naturales” (extramatrimoniales), o a quienes militaban en
el Partido Liberal, o a aquellos que no pertenecieran a dicha religión
o fueran afiliados a sectas censuradas por la Iglesia. También a los suicidas.
Nuestro personaje cumplía varias de estas condiciones. Yo estuve personalmente
en el Despacho Parroquial, y fui diligentemente atendido, pero no apareció
tal Partida en ninguno de los Libros de la época. Un
día de julio del 2002 llegó a mi casa el estudiante de Comunicación
Social señor Juan Pablo Rolón (Calle 35 #23-45 El Carrizal. Girón)
con el objeto de informarse sobre Biófilo Panclasta. Yo le mostré
mi escrito y me dijo que ya lo conocía en parte pero que buscaba más
datos. Me contó que el día anterior había estado en Pamplona
en busca del señor Víctor Manuel Villamizar, popularmente conocido
como Don Toto, pues le dijeron que él había sido quien enterró
a Biófilo en el cementerio de Pamplona. Muy interesado yo con esta noticia,
viajé a dicha ciudad un mes más tarde y localicé al señor
Villamizar (Carrera 7ª #2-38. Cercanías de la Iglesia del Humilladero).
Se trata de una persona de cerca de 80 años, nacido en Pamplona el 17 de
junio de 1923, hijo de Pío Villamizar, quien fue músico de profesión
y fundador de la Banda Unión en 1936, sacristán de una Iglesia y
muy vinculado a la Curia, y por ende al Ancianato de dicha ciudad; a su vez fue
propietario de una funeraria. Su hijo Toto siguió administrando la funeraria.
Fue sorpresa para mí tratar a este muy conocido personaje de Pamplona.
Hombre de vasta cultura, viajado casi por el mundo entero, de fácil, graciosa
e ilustrada expresión, y ganador de varios Premios Nacionales como Cuentista,
distinción que también obtuvo en Madrid, España. De trato
muy bondadoso y cortés, comienza sus charlas con una serie de anécdotas,
por lo cual el tiempo pasa en esa visita sin la menor fatiga. Le pregunté
si era cierto que él había enterrado a Biófilo Panclasta
y me respondió que no. Que lo sucedido fue diferente. Un día lo
llamaron las Hermanas del Ancianato para decirle que había muerto un hombre,
pero que era muy pobre y que no había como pagar los gastos del entierro.
Toto, que ya varias veces había hecho esta acción caritativa, fue
al Ancianato, recogió el cadáver sin saber siquiera el nombre, lo
trajo hasta el atrio de la Iglesia del Humilladero, en cuyos predios queda el
Cementerio, y lo entregó a dos sepultureros quienes lo recibieron para
llevarlo a su destino; no supo a cual sitio del Cementerio. Días después,
“Toto” supo que el cadáver fue el de un señor llamado
Biófilo Panclasta, cuyo verdadero nombre no supo. Según
este relato personal, muy valioso, el entierro de Biófilo no fue muy concurrido
por gentes y personalidades de Pamplona, como dice alguno de los relatos del libro
de los distinguidos Profesores universitarios de Bogotá (Página
343: “El sepelio de Biófilo estuvo muy concurrido, y el ataúd
fue conducido al cementerio en hombros de los presos”). Todo lo contrario,
fue un acto solitario de máxima pobreza. Considero
esta diligencia mía como un dato más, e importante para mis cuartillas.
Debo agregar, como interesante curiosidad, que la casa de Don Toto es uno de los
archivos más interesantes de Pamplona en el aspecto fotográfico;
sus paredes (varias) están totalmente cubiertas de fotografías de
inmenso valor histórico, que sorprendente e infortunadamente no han sido
adquiridas por el Gobierno Municipal. Este personaje referido murió el
9 de enero de 2003. La Funeraria sigue en manos de su hijo Emiliano Villamizar
(cédula 15.347.146) quien el jueves 26 de junio de 2003 me recibió
amablemente y confirmó los datos. La consideración social merecida
y la importancia de Don Toto lograron que Doña Laura Villalobos de Álvarez,
acreditada periodista y estelar figura de las Letras nortesantandereanas, le dedicara
una parte de su columna “TRANSPARENCIAS” (sábado 18 de enero
de 2003), que transcribo: “Toto Villamizar fue durante una vida ejemplar
allá en Pamplona, la amada de sus sueños, el historiador sin títulos
ni diplomas que se movía entre las fechas, los acontecimientos, los testimonios
fotográficos, sus recuerdos generacionales, sus crónicas habladas,
sus reliquias religiosas y su “Funeraria para la gente pobre”. Se fue
hace unos días cuando su itinerario marcaba 80 años y Pamplona quizás
no vuelva a contar entre sus gentes de antaño a otro personaje como él,
parecido a los enviados de otros mundos para perpetuar los siglos”. Pero
regresemos a nuestro personaje central, Biófilo. En su adolescencia se
sentó en los bancos de la escuela. Como todo ciudadano de la época,
Lizcano, a sus 19 años, hizo armas en la Guerra Civil de los Mil días
(1889 – 1903. No menos de ciento treinta mil muertos). Se dice que también
fue maestro escolar y que cursó estudios de bachillerato en colegios de
Pamplona y Bucaramanga. Sus impulsiones viajeras lo entusiasmaron a emigrar a
Venezuela cuando apenas pasaba los 20 años. No se precisa la ruta ni todos
los azares de este comienzo de su espectacular odisea, seguramente interesantísima
y apasionante. Lo cierto es que pronto resulta Secretario del revoltoso Cipriano
Castro a quien meses más tarde los seguidores de tan rudo personaje consagrarían
como “General” (sin Soles ni Estrellas); Castro iría a parar
victorioso a la Casa Presidencial de Venezuela, tras la toma de Caracas, para
derrocar al Gobierno constitucional del General Ignacio Andrade. Allí,
después de 9 años, su compadre y compañero de aventura política,
el cauteloso y por demás ladino político Juan Vicente Gómez,
ante el peligro que el temperamento y las rápidas decisiones de Castro,
que tanto lo preocupaban y lo mantenían en vilo, y al acordarse de la supuesta
traición a la amistad -traición que no ha aclarado aún la
historia para decidir si Castro traicionó a Gómez o Gómez
traicionó a Castro- resolvió deshacerse de él, desterrarlo,
y con el achaque de que fuera a recuperar su salud al extranjero, lo embarcó
en La Guaira y horas después, cuando ya estaba fuera de las aguas territoriales,
le hizo poner un telegrama en el cual le indicaba que si pretendía regresar
a Venezuela, lo fusilaría. No sé si este último relato de
tradición verbal sea cierto. Al
lado de su General Castro, Biófilo recorrió gran parte de Venezuela
y cuando Gómez llegó al poder, Biófilo se encontró
entre la espada y la pared puesto que tenía que resolver entre el ofrecimiento
interesado que Gómez le hacía de aceptar el Consulado de Génova,
Italia, o la cárcel; pero Biófilo resolvió no aceptar, puesto
que ello implicaba el deseo de Gómez de mostrar que tenía de su
parte grupos intelectuales, los cuales forzados a las alabanzas del mandador de
turno, darían la impresión de la bondad de su gobierno. Esta dictadura,
la más fuerte y cruel que haya tenido Venezuela, duró 26 años
(1908 a 1935) durante los cuales hubo algunos Presidentes “de bolsillo”
nombrados y manejados por Juan Vicente, quien cuando le provocaba dejaba la Presidencia
para pasar al cargo constitucional de Comandante de Armas y regresar al de Jefe
de Estado cuando a bien lo tenía. Como se ve, Presidente podía ser,
por aquellos años, uno u otro; no importaba quién fuera. Lo que
sí importaba era el poder y el poder estaba en manos del General Juan Vicente
Gómez Chacón. Fue en esa época cuando se hizo popular un
adagio callejero muy simpático y descriptivo de la situación política.
Frente al Palacio Presidencial de Miraflores tenía su casa particular el
General y Benemérito Juan Vicente Gómez Chacón, y cuando
la gente llegaba a dicho Palacio para preguntar algo referente al gobierno para
decidir alguna situación, dizque le decían: “Aquí vive
el Presidente; pero el que manda vive al frente”. Cabe recordar aquí
algo curioso, en verdad: Juan Vicente nació un 24 de Julio (1857); Simón
Bolívar también nació un 24 de julio (1783). Con 74 años
de diferencia nacieron, en la misma patria, dos hombres a los cuales Venezuela
recordará como símbolos: el uno de la libertad, y el otro de la
opresión. Mueren igualmente un 17 de diciembre, en distinta patria y con
más de cien años de diferencia. Bolívar el caudillo (1.830),
pobre y solitario; con la majestad y dignidad de la gloria lograda por sí
mismo; como un símbolo, y los símbolos no dejan descendencia, quedan
intocables, sólo para evocarlos cuando las angustias de un pueblo acusan
la incapacidad de sus dirigentes… Juan Vicente (1935), rico, inmensamente rico
y poderoso, en medio de espadas y fusiles. Uno, le dio a Venezuela la vida que
la libertad concede; y otro, le dio la vida que la economía prodiga. Como
ya dije, aquí empieza, según los relatos, por cierto no muy seguros
de la verdad, la aventura política, sin linderos, de nuestro coterráneo. Resolvió
volverse anarquista, es decir, actuante de un comportamiento político destructor
de la autoridad y subversivo del orden social. En realidad, desde el punto de
vista socio-político, el anarquista no tiene razón de existir, puesto
que la anarquía es la falta de gobierno: es la confusión, el desorden;
y el anarquista sería el partidario de esta inconsecuencia. Y el comportamiento
político-destructor ya anotado, cuando para ello hay razón, se llama,
“Subversión revolucionaria ideológica”, como sociológicamente
se entiende y aquí, en Chinácota, se lo escuchamos muy bien explicado
a un notable ideólogo, abogado, historiador y sociólogo. El movimiento venezolano conocido con el nombre de “Revolución restauradora”
se inició en los mediados de 1899, y su sitio de incubación tuvo
mucho que ver con nuestra región de Los Vados, en donde vivía Juan
Vicente Gómez Chacón, hijo de José Cornelio Gómez,
natural de San Antonio, y de Hermenegilda Chacón, nacida en La Mulera.
Juan Vicente fue hijo legítimo, pero su padre José Cornelio fue
hijo natural de un señor García Rovira, hermano del Prócer
Custodio García Rovira quien vivía en las inmediaciones de Málaga.
Juan Vicente fue empleado en Cúcuta, en la Botica Estrada y posteriormente
tuvo una “pesa” o venta de carne en Los Vados (yo he tratado de localizar
la casa donde vivió y tuvo este negocio, pero no he tenido éxito).
Cipriano Castro también vivió entre nosotros, y en alguna población
de Santander fue maestro de escuela. Era, desde luego, más letrado que
Juan Vicente con quien estableció parentesco espiritual como compadre.
Se dice que fue bachiller y además de letrado fue conocido como orador
fogoso y estratega militar natural, en tanto que Juan Vicente fue al comienzo
un hombre sin inclinaciones al militarismo; de temperamento frío, calculador,
equilibrado, reflexivo, fuerte y decisivo para sus apreciaciones. Fue, claro está,
el brazo derecho de Cipriano, llamado “El Salvador”, y quien alguna
vez dijo de su compadre “es el salvador del El Salvador”. Entusiasmado
y estimulado por Cipriano, Juan Vicente fue el segundo en el “Grupo de los
60”, nombre con el cual también se conoció este núcleo
invasor. “Aquí
aparece Biófilo como Secretario del Invasor Cipriano y después de
su primera prisión, cuando se convirtió en anarquista, se hizo llamar
“Panclasta” (pan: todo; y clasta: destructor). Libre, por las buenas
o por las malas, de su prisión, embarcó posiblemente como ayudante
de alguna embarcación hacia Europa y llegó a Barcelona cuando en
ese Continente los atentados terroristas estaban de moda. Como su anarquismo se
convirtió en obsesión, logró imprimir sus tarjetas personales
de presentación haciendo notar en ellas sus condiciones de tal, lo cual
lo ponía sin dificultad alguna a órdenes de la autoridad, pues su
dicho título era un explosivo en el ambiente de la burguesía. De
Barcelona fue deportado; también de Marsella y de cuanto puerto italiano
y del Mediterráneo, visitó. Cuando le preguntaban su nombre y su
profesión, sin vacilar contestaba: ‘Panclasta, anarquista’; para la época,
hubiera sido más tolerable decir: Panclasta, leproso.” Bajo
la dirección del Príncipe y filósofo ruso Pedro Alexievich
Kropotkin, se convocó en Ámsterdam un “Congreso Anarquista”
al cual concurrieron los más exaltados discípulos de Marx y allí
se reunieron unos cuantos vagabundos filósofos y cínicos, por el
estilo de Panclasta, quien logró, sin credenciales ni mayores controles,
introducirse como “Delegado de los Anarquistas Colombianos” y disfrutó
de voz y voto. En alguna publicación contemporánea, cautelosamente
divulgada, aparecieron unas palabras que Panclasta dirigió, como de poder
a poder, al Congreso Universal de la Paz, que por el mismo tiempo se reunió
en La Haya en 1907 y en el cual actuaba como Delegado oficial de Colombia el Doctor
Santiago Pérez Triana a quien en 1906 el Gobierno de Colombia había
nombrado Delegado oficial ante la Conferencia de La Haya, donde sorprendió
a americanos y europeos con la brillantez y originalidad de sus intervenciones.
Uno de los apartes de Biófilo Panclasta en dicho Congreso fue: “Vosotros
sois enviados por los Gobiernos burgueses del mundo para colocar los cimientos
de la paz, pero de vuestras gestiones podrán salir incontables y sangrientas
guerras en el futuro. Nosotros, anarquistas, representantes de todos los pueblos
oprimidos de la tierra, venimos a un Congreso Revolucionario y pedimos el cambio
fundamental del orden social, pero somos nosotros quienes colocamos los principios
de la paz universal”. La Policía holandesa disolvió el Congreso
comunista. Panclasta, Kropotkin y sus interesados adeptos, agitando la bandera
roja, querían hacerse voceros de todos los proletarios del planeta. Hubo
algún atentado dinamitero y la policía detuvo a los principales
cabecillas del motín. Panclasta fue a la cárcel. La dificultad de
los medios de comunicación de la época, hizo llegar con suficiente
atraso a Bogotá una escueta noticia: “El Delegado de Colombia en Holanda
fue reducido a Prisión”. El General Reyes, Presidente de Colombia,
(1904 – 1909), impresionado con la información se puso en movimiento, dio
las órdenes del caso y persuadido de que era su Agente oficial, el burgués
Pérez Triana quien era perseguido por la policía, precisó
oficialmente las diligencias del caso y adelantó la reclamación
diplomática contra tamaña violación del Derecho Internacional.
El General Reyes ignoraba la existencia de Panclasta y jamás olvidó
ni perdonó la ridícula situación que éste le ocasionó;
personalmente hubiera deseado que ese anarquista unido a la chusma de harapientos,
de criminales y de rufianes que estaban tratando de asesinar a su Majestad Imperial
Alejandro de Rusia, se hubiera podrido en la cárcel en lugar de derruir
los Tronos y los Gobiernos que significaban la civilización, para poner
en vigencia las monstruosas teorías del judío barbudo que se llamaba
Carlos Marx. Deportado de Holanda, Panclasta logró llegar a Paris, en donde
descubrió antes que la propia Policía a Ravachol, célebre
personaje quien era el centro del terrorismo y había volado el Palacio
de Comunicaciones, manteniendo sobre París y toda Francia la angustia del
atentado. Aprendió de dicho personaje las fórmulas químicas
de los explosivos, el procedimiento para fabricar las admirables bombas de reloj
que estallaban en plazo preciso y también los sistemas de preparar otros
detonantes y artefactos destructores. Con tan valioso conocimiento se lanzó
sobre Rusia y se mezcló con los clubes de estudiantes nihilistas que estaban
fraguando el asesinato del Zar. En San Petersburgo pareció crearse algún
ambiente favorable para conjuras, pero la revolución fracasó y la
represión creció crudamente, y así Panclasta fue a dar con
su humanidad a Siberia, en donde todo el rigor implacable del Knut cayó
sobre los prisioneros que parecía estaban condenados de por vida al destierro
inmisericorde. Sin
embargo, planeó su fuga con un joven pálido, de ancha frente y manos
temblorosas, quien fue su amigo, lo acompañó en sus proezas, lo
secundó en su apostolado y acabó por hacer, él solo, la misma
Revolución que habían emprendido Panclasta y los miles de estudiantes
inconformes. Este joven, nuevo y colosal personaje, se llamaba Vladimiro Iliich
Ulianof, quien, como Panclasta, había cambiado su nombre por el de Nicolás
Lenín. Fue más tarde el fundador del Comunismo Ruso. Cruzaron éllos
dos, en temeraria aventura, como lo hicieron todas las víctimas del zarismo
que pudieron escapar del infierno blanco, la ruta de las nieves eternas en busca
de la libertad. Puede que alguien haya escrito la loca odisea de Nicolás
Lenín y Panclasta a lo largo de Siberia, con temperaturas de 65º bajo
0, a través de la China y luego el retorno por los misteriosos mares de
la India o por otras vías exóticas hasta hacerlos aparecer en Paris,
en una miserable buhardilla en donde compartían el único par de
zapatos que tenían y que alternaban para salir a la calle en busca del
sustento y con el objeto de continuar su intangible apostolado. Después
de meses de sobrellevar estas aventuras y sufrimientos, Panclasta terminó
despreciando a Lenín y en alguna ocasión le explicaba a su más
documentado biógrafo, José A. Osorio Lizarazo, en un café
de Bogotá, cuál había sido su razón. Es interesante
este juicio: “El absurdo de Lenín, me decía el anarquista nortesantandereano,
consistió en que quiso llevar a la práctica los ideales. El hombre
debe vivir de ideales y no de hechos. ¿Qué queda de un ideal cuando
está reducido a un hecho práctico? ¿Cómo se puede
seguir luchando por él? El error filosófico del comunismo radica
en que como ideal es perfecto; como hecho práctico es imposible. Mientras
sea ideal es necesario combatirlo. Y además, reducido a hecho práctico
el Comunismo, que es la ambición suprema de los proletarios, estrangula
la libertad, que es la ambición suprema del hombre. Por eso soy anarquista:
porque sobre todas las condiciones de la vida humana, coloco la libertad”.
Siguió, desequilibrada e ilógica, la vida de Lizcano y alguna vez,
en sus inverosímiles andanzas, llegó a Sorrento donde Alexis Peskof,
llamado Máximo Gorki, trataba de curarse de tuberculosis. Lizcano fue huésped
del escritor y con él bebió vodka. Panclasta recuerda cómo
su voluntad luchadora sufrió inmenso golpe al observar que Gorki vivía
como un burgués, en el ocio y la contemplación. Cierto día,
cuando paseaba por la orilla del mar, vió como un marisco había
quedado aprisionado por una piedra bajo cuyo peso se debatía inútilmente.
Panclasta se inclinó y, solícito y cariñoso, puso en libertada
al pequeño ser. Gorki lo observó con asombro y le dijo: “Pero
tú, Panclasta, destructor de todas las cosas, que amas hasta ese punto
la vida, mereces llamarte “Biófilo”. Y fue así como Lizcano,
de Chinácota, completó su nombre de guerra paradojal y contradictorio:
BIOFILO PANCLASTA, ANARQUISTA, y con dicho nombre siguió recorriendo el
mundo hasta contemplar trescientos setenta y siete cárceles de las ciudades
europeas, a las cuales iba a parar como enemigo nato de la sociedad. El
15 de marzo de 1917 fue obligado el Zar Nicolás II a abdicar, y más
tarde el Zar y la Zarina y sus hijos fueron asesinados por los bolcheviques en
Ekatemburgo el 16 de julio de 1918. El 7 de noviembre el Partido Bolchevique,
encabezado por Vladimiro Iliich Ulianof (Lenín) y León Bronstein
(Trotsky), junto con todas las fuerzas revolucionarias derrocó al gobierno
provisional presidido por Alejandro Kerensky, en la llamada “Insurrección
de Octubre”, e instauró la “Dictadura del proletariado”
con la que se inició la Guerra Civil que duró cuatro años
(1917-1921). Los bolcheviques, dueños del poder, fueron eliminado paulatinamente
a todas las tendencias aliadas que los habían secundado y establecieron
el régimen de “partido único”. En diciembre 30 de 1922
se estructuró el nuevo régimen bajo el nombre de Unión de
Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). A la muerte de Lenín,
en enero 21 de 1924, comenzó la lucha por el poder entre las distintas
figuras del Partido bolchevique, y logró José Stalin la derrota
de León Trotsky, siendo éste, como en los tiempos venezolanos de
Gómez y de Castro, deportado y luego asesinado en Méjico en 1940,
por uno de sus jardineros, espía al servicio de Stalin, que lo ultimó
a hachazos. Hubo una era de terror masivo sin precedentes. Las “purgas”
para eliminar a los opositores culminaron con la desaparición de la “vieja
guardia” bolchevique y la ejecución de 30.000 Oficiales del Ejército
Rojo (1936-1937). José Stalin murió el 5 de marzo de 1953 dentro
de una misteriosa maraña de espectaculares medidas de seguridad de Estado. Pero
alguna vez, la nostalgia de la patria o la acción de los gobiernos europeos
para repatriar esta carga explosiva que era Lizcano, lo hicieron desaparecer de
Europa y apareció en Puerto Colombia. El General Reyes, que continuaba
gobernado el país, no había olvidado el desagradable incidente de
Ámsterdam y ordenó que se impidiera su desembarco. El colombiano
protestó, alegó su condición de nacional y como sus argumentos
no podían vencer a la soldadesca que lo custodiaba para mantenerlo a bordo,
se lanzó al mar para ganar a nado las costas de su patria que lo rechazaba
tan airadamente. Pero cuando su piel fatigada se posó en la arena, encontró
un muro de bayonetas. Osorio Lizarazo dice: “el día que Panclasta
me contaba esto, se desgarró la camisa para mostrarme en su pecho las cicatrices
de veinte heridas que le produjeron las bayonetas colombianas y se quitó
el sombrero para ostentar bajo el escaso cabello que se empezaba a blanquear,
las otras cicatrices que le dejaron las culatas de los fusiles”. Y Panclasta
terminó así aquella confidencia: “de todos los países
del mundo, el más hostil para mí ha sido mi propia patria, porque
si en todas partes me han llevado a la cárcel o me han echado, sólo
en mi patria intentaron asesinarme por el hecho de pedir hospitalidad”. Volvió
a escaparse y resolvió ir a Venezuela tras los intentos de vincularse a
las continuas invasiones o incursiones de los Generales Peñaloza, Matamoros
y Arévalo Cedeño contra el tirano Juan Vicente Gómez, y éste
lo detuvo en el Castillo de Puerto Cabello cerca de siete años. Regresó
a Bogotá y de pronto recordó que en Buenos Aires, Argentina, debía
existir un hijo suyo que una Princesa rusa le había dado. En esta permanencia
en Bogotá, Lizcano hizo amistad con los intelectuales de la época
quienes le agasajaron y le reconocieron su condición como heroica, asombrosamente
romántica y deliciosamente inconforme. Llegó a comentarse que el
día solemne en que Biófilo Panclasta y la célebre y conocida
Vidente o Pitonisa Julia Ruiz formalizaron su unión, más romántica
que marital, algunos poetas y literatos fueron los asistentes de tan especial
festival. Arrancó hacia el sur y al cabo de cinco meses llegó a
la ciudad platense de donde fue deportado tres semanas después. Pasó
a Brasil y pocos meses más tarde, habiendo sido tolerado bajo vigilancia,
estalló un motín en las poblaciones cafeteras del interior, incidente
que el gobierno se apresuró a atribuir a Panclasta. Con quinientos compañeros
fue deportado a lo íntimo de las selvas amazónicas. Allí
veía morir, uno a uno, a sus compañeros, notablemente agravados
por las enfermedades del trópico. Todos ellos, decía, movíanse
como cadáveres ambulantes; Panclasta sólo podía recordar
escenas iguales o peores cuando en las estepas siberianas el Knut flagelaba las
espaldas de los condenados, que morían bajo los golpes del verdugo. Pero
Biófilo, andarín, infatigable, se lanzó en aventura solitaria
por esas selvas y otra vez, pálido, deshecho, desarrapado, más miserable
que nunca, llegó a Bogotá. Ya la edad le blanqueaba el cabello y
comenzaba a perder sus ímpetus rebeldes. Tal vez ambicionaba una apacible
quietud, posiblemente el abrigo de un hogar al amparo de un cariño, o el
estímulo de un sentimiento desubicado. Fue entonces cuando encontró
a Julia Ruiz, la Vidente, metida en un tugurio de la carrera novena y quien, a
su vez, llevaba una vida maravillosamente humilde. Como
al comienzo dije, el cariño y la ternura que esta mujer le prodigó,
dominaron definitivamente al anarquista y le dieron las más cálidas
sensaciones que jamás había experimentado. No obstante, de vez en
cuando parecía surgir el domeñado ímpetu rebelde, y cuando
sabía de algún lugar en donde hubiera huelga, procuraba a él
trasladarse para hacer acto de presencia y mostrar su solidaridad revolucionaria.
Pero
ya tenía un centro de atracción afectiva, y la nostalgia del amor
senil era novedosamente poderosa. Fue entonces cuando quiso escribir sus libros
biográficos, según lo dijo, y cuyos títulos eran de por sí
subyugantes: “Veinte años de bohemia anárquica”, “Mis
prisiones, mis destierros y mi vida” y “Mi éxodo infinito”. El
ánimo inquieto y aventurero flotaba expectante y cuando la rebeldía
de esta nueva vida sedentaria rompió sus amarras con la muerte de Julia,
su verdadero medio corazón, ya que era indudable que un sincero amor unió
a estas dos vidas con la misma efusiva prestancia con que podrían hacerlo
dos muchachos, hubo de calmar su ansiedad y su angustia permanentes y torturadoras,
quemándolas en la llama trémula del alcohol; y fue entonces cuando
regresó a su tierra nativa, Chinácota -en un día de marzo
de 1941- cuando Honorio Mora, el inolvidable cantor poético de nuestras
tierras y de nuestras costumbres, historiador, letrado y honesto como pocos, lo
recogió en su “chiva” cuando a pie venía, un kilómetro
arriba de La Donjuana. Lo trajo, gratis, a Chinácota y aquí permaneció
algunos meses en una alcoba de la casa de Honorio (Av. 5ª Nº 6-03).
Este dato pertenece a la tradición y lo he escuchado referir hace no menos
de 50 años. Sin embargo, en la página 4 del Nº 25 Serie III
abril 1 de 1939 Notas y Comentarios de “TRICOLOR”, Honorio mismo hace
el siguiente Relato: “En el presente número hallarán nuestros
lectores el final de la hazañosa y apasionante historia de Biófilo
Panclasta, escrita a grandes rasgos por la ágil pluma de Osorio Lizarazo. “Vicente
Lizcano es el nombre de pila del terrible anarquista chinacotero que por algún
tiempo tuvo en jaque a los más poderosos gobernantes del viejo mundo. Biófilo
Panclasta, hijo natural de una humildísima mucama, nació filósofo.
Don José Ignacio Colmenares, quien en su niñez fue amigo y compañero
de travesuras del célebre anarquista, cuenta que éste, siendo un
infeliz sirviente, desarrapado y analfabeto, siempre tenía a flor de labios
frases de un profundo sentido filosófico, tales como esta: ‘Más
nos valiera no haber nacido para no tener que morir’. Conocimos
a Biófilo Panclasta hace poco más de un año en La Donjuana,
donde nos deleitó con su charla pletórica de sentencias. Cuando
nos manifestó su propósito de venir a pie a visitar su pueblo natal,
pensamos que aquel hombre agobiado por los años, los sufrimientos y el
abuso del alcohol, corría el peligro de morir insolado al tratar de recorrer,
bajo aquel sol implacable, los trece kilómetros de fragosa carretera. Pero
al confesarle nuestros temores, Panclasta nos dijo: ‘Esté tranquilo. Hay
hombres que somos como el vino: entre más viejos más fuertes’. Y
cuando le preguntamos qué tal andaba de fondos para el viaje, nos contestó:
‘Yo siempre ando sin un centavo. No le tengo apego al dinero. De los metales el
único que llama mi atención es el acero, y eso solamente hecho pluma
o hecho puñal’. Y se vino a pie, trayendo en el bolsillo solo quince centavos
que le dimos. No cargábamos más.” He
conversado, además de haberlo hecho especialmente con Honorio, con otros
personajes que entonces lo conocieron: Ramón Vargas, Guillermo Torres,
y en Pamplona los doctores Alirio Sánchez Mendoza y Jorge Flórez
Castillo. Datos más, datos menos, lo describen como un bohemio, de edad
avanzada, canoso y de ojos vivos, frente ancha, más bien de alta estatura
y de barba poblada, muy atractivo en su conversación, motivo por el cual
fácilmente hacía grupos o “corrillos” cuando le daba por
hablar, lo cual era frecuente. Se dice que él poseía valiosísimos
documentos manuscritos por Lenín, Máximo Gorki y otros, así
como muchas cuartillas de sus intentadas biografías y relatos de aventuras;
infortunadamente, al parecer, un baúl pequeño o caja que portaba
siempre consigo fue quemada cuando murió en Pamplona, dizque por orden
del Padre Demetrio Mendoza. De Chinácota pasó a Pamplona, y fue
su última residencia el Ancianato de las Hermanas, en donde fue recibido
por caridad y de donde se “volaba” cuando podía, para tomarse
sus aguardientes. Las Hermanas del Asilo le perdonaban sus escapadas. El 1º
de marzo de 1942 dirigió, sin mucha estrategia y con el anarquismo hecho
astillas, los explosivos y las banderas revolucionarias abatidas por el dolor
de su enfermedad y sin más compañeros que su propia soledad, su
última y definitiva aventura que lo fue su viaje al más allá,
por él nunca imaginado, en donde no le irían a despatriar ni a torturar…
entonces hallaría la paz que nunca tuvo, brindada por la Misericordia Infinita
de un Dios por él desconocido. Concluyo:
AÑOS 1879 A 1942. CHINÁCOTA.
BIÓFILO PANCLASTA…
¡LEYENDA, MITO Y VERDAD!
CAPÍTULO
II JULIA RUIZ No
se vive la vida si no se ama…
Hay que amar algo:
amar la flor, la
espina,
la paloma torcaz o la serpiente…
Amar al cielo o al infierno,
a Dios o al diablo.
Amar la luz o las tinieblas…
Pero HAY QUE AMAR
ALGO! Vale
la pena… digo mal, es necesario dedicar un recuerdo a Julia Ruiz para que,
guardadas proporciones, no se incurra con ella, aquí, en el pecado que
se ha cometido con Manuelita Sáenz, la Libertadora del Libertador, a quien
la Historia inexplicablemente ha querido tener tras las cortinas al no evocarla
con justicia, cuando su amor, dedicación, sacrificio y heroicidad fueron
de tiempo completo para el Libertador Simón Bolívar, su más
grande refugio en los cruciales momentos decisivos, cuando el visionario conductor
y cuadillo iluminaba como el relámpago la oscuridad de las tragedias. La
historia de la humanidad está llena de episodios (asombrosos unos, espectaculares
otros, pero notables todos) en los cuales el bálsamo del amor ha logrado
asombrosas acciones. Los hombres comunes y los grandes personajes, artistas, guerreros,
estadistas, científicos o practicantes de cualquier oficio, han logrado
sus mejores momentos de estabilidad emocional cuando el afecto y el amor de otro
ser les ha prodigado su refugio generoso y sincero. Nuestro
personaje, que sí lo fue en grado sumo Biófilo Panclasta, el chinacotero,
también para fortuna suya llegó, aunque casi sin fuerzas, extenuado,
a ese oasis; y el corazón de otro especialísimo ser, Julia Ruiz,
fue la última trinchera de éste guerrillero de la inconformidad. “Nació
ella en algún pueblo de Boyacá y murió en Bogotá en
los primeros días de 1939. De la vida costumbrista y pastoril de su casa
y de su pueblo, pasó al convento y se hizo Hermana de la Caridad. En la
comunidad duró largos años y se dedicó a la enfermería
y a la educación. Tuvo diferencias con sus conventuales compañeras
y apostató. De ésa vida conservó recuerdos deprimentes e
ingratos que le despertaron un sentimiento anticlerical expresado entre lo ingenuo
y lo acusador, cultivado por el sentimiento que decía tener de su vida
religiosa. Para reaccionar se hizo militante del Partido Liberal con la beligerancia
impetuosa del ignorante en política recién matriculado. Cerca de
1919 o 20, abrió un establecimiento de pésima presentación
e higiene, en el cual traficaba con muebles viejos, primero, luego con todo lo
que podía ser remotamente comprable o vendible. Su miseria no le incomodaba
en lo mínimo y jamás prestó sobre prenda o ejerció
la usura; antes bien, era dadivosa y manirrota con quien algo le pedía.
Sus entradas las tenía reducidas al extremo y los centavos que le quedaban
los destinaba a aumentar los fondos del Partido Liberal, con el cual se apasionó
casi en forma delirante. Esto
influyó para dedicarse a aquélla nueva profesión de pitonisa
en cuyo ejercicio murió. Resolvió, y así lo anunciaba, que
había adquirido cierto poder sobre determinados espíritus y que
había dispuesto que centenares de éstos protegieran a los Jefes
liberales. El
pueblo bogotano ha sido especialmente crédulo de presagios y cuestiones
sobre el porvenir y la gente le creyó y acudió a consultarla. Julia
tenía dentro de su complejo emocional una gran dulzura, comprensión
y espíritu compasivo, por lo cual asumió su papel de adivinadora
con especial habilidad, buscando con este recurso algunos alivios a los infinitos
males humanos de centenares de atribulados que llegaban a ella atormentados por
sus problemas económicos o domésticos o de amor. La pitonisa empezó
a adquirir, por la coincidencia que resultaba entre sus presagios y los secretos
de sus consultantes, gran popularidad y excelente reputación; y en su habitación,
entre tiestos de geranios moribundos, una lora, un gato, unas camas rotas y algunas
sillas sin patas, podía verse con frecuencia a ilustres personajes o encopetadas
señoras. Utilizaba un léxico miserable y absurdo: fingía
poseer dotes hipnóticas, creía precisar los sitios de tesoros ocultos
y auguraba el regreso de amantes ingratos. Al evocar legiones de espíritus
establecía fuerzas de protección para determinados personajes, y
así decía sin titubeos que el General Calles, de Méjico,
estaba protegido por 15.000 espíritus bajo el mando de ella, y que el General
Benjamín Herrera había muerto en su lecho, y no bajo manos asesinas,
gracias a una legión de otros 20.000. También decía que mandaba
legiones para que martirizaran a Jefes conservadores, a Musolini y aún
al Papa. Con
mera ingenuidad y sinceridad reclamaba parte de la victoria del Partido Liberal
con la llegada del Dr. Olaya Herrera a la Presidencia, y a quien élla y
sus espíritus le habían preparado el ambiente. Pero a veces toda
la exaltación política de Julia necesitaba más viva expresión
que las convocatorias de espíritus; entonces escribía pequeños
artículos energéticos en los cuales invitaba a los liberales a la
violencia y al desconocimiento del Gobierno. Recorría las direcciones de
los Diarios en busca de publicidad para sus proclamas, y si no la encontraba,
las hacía publicar en hojas sueltas que aparecían pegadas en las
esquinas. Generalmente en ellas exaltaba la memoria del General Herrera y de los
grandes guerrilleros liberales, y se quejaba de que el pueblo de hoy no tuviera
esos arrestos ni esa entereza para expulsar del gobierno a quienes lo usufructuaban,
según ella, sin derecho. Así llegó Julia Ruiz a ser un personaje
típico de la ciudad que compartió con Mariana Madiedo, a quien llamaban
la “Dictadora de la suerte” en Bogotá, y quien tenía una
casucha lánguida y sombría a sólo media cuadra del Palacio
Presidencial. La clientela nutrida y heterogénea esperaba en las salitas
de estas visibles comunicadoras con lo invisible para oír con tono grave
y misterioso: Usted tendrá una fortuna… Espera una carta… Hay una mujer
morena que piensa en usted… Una rubia se interpone en su felicidad… Pronto
hará un viaje inesperado… Cuídese… Un ser querido prepara
una traición… ¡PAGUE AHORA Y VUELVA DESPUÉS! Pero
un día, un inesperado transeúnte pasó frente a su casa. Su
aspecto paupérrimo y elegantemente humilde conmovió el generoso
corazón de Julia, y sin más demora que la distancia, lo alcanzó
y le ofreció su casa y sus recursos. Venía él de su última
prisión de 7 años en Venezuela, y su edad sobrepasaba los sesenta.
Era Biófilo Panclasta, el anarquista chinacotero, quien se refugió
bajo el techo de la pitonisa que lo encontró magnífico en su rebeldía
y adorable en su temperamento de izquierda. Vivieron varios años y manejaron
su pobreza sin las teorías de Marx ni los planteamientos de Lenín.
Se acercaron más a la simplicidad del Divino Rabí de Galilea, que
cada día les enseñaba a ser más grandes en su bondad para
con el prójimo y les procuró ser felices de verdad. Mas
un día de los primeros de 1939, Julia, también deseosa de seguir
trajinando en el misterio, resolvió escudriñar lo prohibido, y en
compañía de sus numerosas Legiones de los espíritus que ella
pretendía manejar a su antojo, tuvo que dejar sus lágrimas de amor
sobre el lecho destartalado de su amado Panclasta a quien dejó solo en
este mundo y quien ese día soportó, como los toreros, la “cortada
de la coleta” como Biófilo, amante de la vida, porque ya no tenía
nadie más a quien amar… Me
imagino que el jueves 1º de marzo del 42, cuando la neblina de ese atardecer
en Pamplona semejaba la bruma de los mares, le daba a Biófilo la imagen
de que alistaba su último crucero por el mar de la eternidad, y los agonizantes
impulsos de su corazón para alimentar lo que fuera su prodigioso cerebro,
le hacían confundir el ruido de su sangre con las olas del Mediterráneo
y de otros tantos mares navegados con ansias y ternuras, y que los tintes de las
tardes se confundían con las últimas sombras de su angustia… y
sus ojos veían en la arena de la costa a su amada Julia que a su lado se
perdía en el ocaso. Podría haber sido, entonces, cuando ya balbuciente,
imaginara este epitafio: El
mar…
Dos velas náufragas… gaviotas…
Tu corazón, mi
corazón…
Tremola la tarde enamorada
como un paño…
¿…Quién irá navegando en el ocaso…? E
P I L O G O: BIÓFILO,
hermano: ¿Qué
somos en la vida
sino actores?
Pobres actores de un eterno drama…
Sin quererlo venimos a la escena,
sin quererlo volvemos a la nada…!
Mas, al final,
y cuando el acto cesa,
y la tragedia del dolor se acaba,
la muerte nos muestra
la triste desnudez del alma…! Chinácota,
noviembre de 1987
Chinácota, octubre año 2000
Chinácota,
enero 2006 ANEXOS 1.
Cuando terminé de leer este trabajo en el Teatro Iscalá, de Chinácota,
el martes 11 de agosto de 1987, eran las 4:30 de la tarde. En ese momento, un
hombre cercano a los 70 años, de baja estatura, más gordo que mediano,
de unos 65 kilos, canoso, con claudicación del miembro inferior derecho
-debida, según él, a un accidente-, modesta pero pulcramente vestido,
algo nervioso, extrovertido, comunicativo y amable, se me acercó para expresarme
su agrado, pero especialmente para informarme que la descripción física
que yo había dado de Biófilo era bastante cercana a la verdad. Este
señor es Don José Joaquín Fernández Arreaza, hijo
de Don Mardoqueo Fernández -por mucho tiempo telegrafista de Chinácota,
por allá por los años de la década 30-. Fernández
Arreaza es un personaje de excepción, pues conoció personalmente
a Biófilo y es uno de los pocos chinacoteros que puede informar de él,
con quien estuvo preso en Bogotá, en 1932. Con Biófilo pasó
dos días de prisión. Biófilo ya estaba preso y Fernández
fue condenado por que dijeron que él, como cobrador del Tranvía
Municipal de Bogotá, donde trabajaba, se había robado 45 centavos
(valor de 7 pasajes). Critica fuertemente a su paisano Doctor Alirio Gómez
Picón, quien para la época era parlamentario durante la Presidencia
de Enrique Olaya Herrera, porque “no hizo nada para sacarlo de la cárcel”.
La importancia de Fernández no es sólo por haber conocido a Panclasta
y haber sido su fugaz compañero de prisión, sino porque también
ha sido trotamundos, político ardiente y aventurado politiquero quien también
ha tenido varias “conversaciones” con la autoridad. Ahora vive tranquilo
y reposado, y ha querido regresar a su tierra natal en donde vive las añoranzas
de 50 años, en la casa marcada en el número 2-48 de la calle Tercera.
Hoy 24 de febrero de 1988, he sabido que se dispone a viajar a Cuba. Esta
es xerocopia de la firma autógrafa de José Joaquín
2.
En la página 61 de un cuaderno personal de apuntes, que no es ningún
diario ni Cuaderno de Bitácora, hay esta nota: “Viernes diciembre
11 de 1987. Hoy fui con Don Armando Cogollo -distinguido caballero cucuteño,
quien conoció personalmente al General Juan Vicente Gómez y de quien
recibió, siendo Cogollo un niño, un regalo (tren eléctrico
que aún conserva) en la propia Casa Presidencial, “Las Delicias”,
en Maracay, cuando iba de paso para Caracas, en compañía de su padre
Don Arturo Cogollo, notable hombre de sociedad, de negocios y quien fuera Gobernador
de Norte de Santander-, a tratar de localizar en Los Vados, Corregimiento distante
10 kilómetros de esta ciudad de Cúcuta, la casa en la cual vivió
y tuvo una “pesa” o venta de carne Juan Vicente Gómez y en la
cual se organizó y salió el “Grupo de los 60″, grupo invasor
que constituyó La Revolución que encabezó el General Cipriano
Castro. Efectivamente tuvimos la suerte de encontrar a un muchacho de uno 16 años,
de nombre Julio, quien afortunadamente había oído de su mamá,
Aura, y de la tía de ella, muerta hace 4 años, los relatos sobre
tal casa. Es la última hacia el norte, cercana a las ruinas de la Capillita,
y que como ella, está también en las puras ruinas; sólo están
las paredes de una fuerte construcción de tapia pisada, sin techo y sin
puerta. Dos fotografías que de allí tomamos las tengo en mi álbum”. LÉXICO: Nihilismo:
Negación de todo principio religioso, político o social.
Anarquismo:
Comportamiento político destructor de la autoridad y subversión
del orden social.
Knut: Látigo ruso. Policía de la dictadura
rusa.
Mario E. Mejía Díaz
Chinácota, marzo 2005.
BIBLIOGRAFÍA
1.
Osorio Lizarazu, José A. “El Anarquista nortesantandereano Biófilo
Panclasta”.
2. Gómea Picón, Alirio. “Apuntes parroquiales”.
3. Pérez Triana, Santiago. “Reminiscencias Tudescas y Cuentos de Sonny”.
Volumen 33. Biblioteca Banco Popular. 1972. (Prólogo de Baldomero Sanín
Cano).
4. Ortiz Latorre, Erwin. Sección “Preguntas y respuestas”.
Publicación en El Tiempo.
5. Mora Sánchez, Honorio. “Crónicas
y Cuentos. Memorias de un exiliado”.
OTRAS FUENTES DE INFORMACIÓN
En
Cúcuta: Doctor Alirio Sánchez Mendoza, Doctor Jorge Flórez
Castillo y Eduardo Ángel Mogollón (Abogado). En
Chinácota: Licenciado Reinaldo Pabón, Don Ramón Vargas, Alberto
Rodríguez Hernández (Abogado), Don Guillermo Torres Durán
y Don Marcos Leiva. |